martes, 17 de julio de 2012

Una vez, un día, un mes


Quiero contarte, querido blog, una historia, un cuento, que, como todo cuento, real o ficticio, es plenamente verdadero. Había que hubo una vez, hace muchos, muchos años, en que jugaba yo a ser el jefe de redacción de una revista, o el jefe de revista de una redacción, o algo así, que se llamaba Idiomanía. La revista, no yo, que siempre me llamé como me llamo, o al menos eso creo. Digo que jugaba porque era una tarea que, en realidad, desempeñaba como si fuera un juego. Creo que una parte, quizá mínima, del escaso éxito que pudo tener en sus tiempos la revista fue consecuencia de esa actitud. No sé si así fue, pero para mí no fue ni podría haber sido de otro modo.

Parte del juego era una sección que yo mismo escribía, y que puse en marcha desde casi el comienzo de la publicación, una sección de práctica de traducciones a la que llamé “El traidor”, como forma de ponerme, de ponernos, en la piel de la creencia popular expresada en el dicho traduttore traditore. En esa sección publicaba un fragmento, por lo general el primer párrafo, de alguna obra relativamente conocida, y pedía a los lectores que lo tradujeran al castellano y enviaran su traducción a la revista. Todo esto sucedía y sucedió, en mi recuerdo y en mi realidad, que son siempre formas de la ficción y viceversa, hace apenas unos veinte años. Dicen que, en cuestión de años, esa cifra no es nada, pero lo cierto es que, por entonces, la única forma en que los lectores podían mandar sus traducciones era en papel y por correo. Por correo postal, digo, porque el electrónico casi ni existía todavía. Una vez recibidas las respuestas, elegía yo tres o cuatro versiones diferentes de los lectores, no por supuestos o posibles valores (ni estéticos ni lingüísticos ni gramaticales ni na de na), sino solamente para presentar versiones diferentes, para mostrar cómo las traducciones podían y pueden ser diversas y “correctas”, muchas, todas, aunque luego cada uno pueda decidir cuál le parece mejor, o le gusta más, o menos, o un poquito, o no. Porque lo que yo quería mostrar, o ver, era que la traducción no era ni es una ecuación matemática en la que A es igual a B. Y no es que quiera decir que no hay belleza ni poesía ni expresividá ni subjetividá en la matemática, pero se trata de otra poesía, de otra forma de traducción de la realidad, y no era de esa de la que yo quería hablar.
 
Una vez, un día, un mes, decidí usar a mis lectores-traductores de conejillos de indias para un experimento. Soberbias de juventú, que le dicen. Propuse un texto en inglés, como todos los meses (bueno, no todos, alguna vez propuse alguno en franchute), y pedí que me enviaran versiones en castellano, como todos los meses, pero esa vez, ese mes, no dije quién era el autor del original. Era trampa, había un juego esa vez, y los lectores no lo sabían. Pero se enterarían, y, si salía bien (los juegos siempre salen bien cuando uno juega), sin duda lo disfrutarían tanto como yo.

Un par de meses después publiqué las varias traducciones de costumbre, más otra, una más, que no me había mandado ningún lector, sino que era la versión original, que el autor no había escrito en inglés, sino en castellano, porque ocurre que el autor del fragmento en cuestión era Jorge Luis Borges, y que lo que yo había presentado como “original” era, en verdad, la traducción al inglés que del texto de Borges había hecho Norman Thomas di Giovanni, y que había aprobado el propio Borges. El resultado fue curioso. Y no. Porque, al volver el texto a su lengua original, la versión que menos parecía respetar las palabras del inglés era, como podrá imaginarse, la de Borges.

La primera oración del párrafo, el que yo había presentado en la versión inglesa (oséase, el supuesto original), decía: “It was in Cambridge, back in February, 1969, that the event took place”.

Las versiones que publiqué en castellano decían:
-       Ocurrió en Cambridge, allá por el mes de febrero de 1969.
-       El hecho sucedió en Cambridge, allá por febrero de 1969.
-       Fue en Cambridge, allá por febrero de 1969, cuando el episodio tuvo lugar.
-       Sucedió en Cambridge, aquel febrero de 1969.

El cuento de Borges, el que él mismo había publicado en castellano, empezaba: “El hecho ocurrió en el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge”.

Hasta aquí mi historia, querido blog. El resto es presente.

(Ilustración: Sin fronteras, de Itati Acuña)

2 comentarios:

Gabriela Ortiz dijo...

Creo que al mundo de la traducción le hace falta, y mucha, una revista como Idiomanía. Los que tuvimos el gusto de leerla siempre la recordamos.
Brillante el juego y la trampa. Alguna vez hice algo parecido con las traducciones "de Borges" (o de su mamá, según algunos). Tendría que buscar lo que anoté sobre su versión de Bartebly. ¡Salve!

Virginia Avendaño dijo...

Muy buen post. Me hizo recordar que alguien tradujo al castellano unas conferencias que Borges dio en inglés en los EE.UU. Leí parte de esos textos, y saltó la palabra "rechoncho", aplicada a Sancho Panza. Pensé que "rechoncho" es un adjetivo que jamás de los jamases hubiera usado Borges en ese caso, y también en lo raro que es eso de traducir a un autor a su propia lengua. Y si es Borges...
Se puede ver la traducción acá: http://sololiteratura.com/bor/bormientranable.htm