domingo, 30 de diciembre de 2012

Crónicas de viaje, en viaje



México, febrero de 2008


(Esta es una síntesis de una larga crónica que escribí hace unos años para otro ciberlugar. Decido reproducirla hoy aquí porque sé que en México están viviendo difíciles momentos políticos y quiero expresar todo mi apoyo a mis amigos, hermanos, mexicanos, y se me ocurre, entre otras, esta forma).



Lo primero que se oye en cuanto uno llega a México es “Bienvenido, esta es su casa”. Desde ese instante en adelante los mexicanos se harán cargo de que uno comprenda cabalmente que esa no es una frase hecha, ese no es un saludo vacuo y formal, sino simplemente una verdad. Mi primer viaje a México (hasta ahora, el único, pero no será el último) duró apenas once días, pero si, como suele decirse, un segundo puede cambiar para siempre a un ser humano, imaginen lo que podrán once días.



Una de las primeras cosas que me sorprendieron (aunque, para hablar con precisión, debería decir “que me maravillaron”) de México fue la calidad de su museografía. La pasión y claridad con que los mexicanos muestran su historia en sus museos es, para mí, clara señal de inteligencia. Algunos dicen que el tiempo es cíclico y hay que conocer lo que pasó para saber lo que pasará. Algunos dicen que los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla. Los mexicanos, en principio, saben que necesitan saber. Y trabajan (no solo en los museos, sino también en los restaurantes, en los hoteles, en los puestos de comida de las calles), todos, de distintas maneras, en ese sentido. Ya después se ocuparán de ver qué hacer con ese conocimiento, pero por lo pronto tienen conciencia, saben que necesitan saber. Y lo más interesante es que esa actividad museística no se termina en los museos, sino que se prolonga y se instala por todas partes. El Paseo de la Reforma, quizá la más bella avenida del DF, está lleno de esculturas. Desde el descomunal Ángel de la Independencia hasta los bancos para que los caminantes descansen son esculturas. Y las estaciones del metro, con exhibiciones de arte permanentemente: murales, fotografías, pinturas… Y no sólo muestran arte prehispánico, sino todo. Todo. En una de las estaciones hay un larguísimo túnel. Lo llaman Túnel de la Ciencia, y allí, en vez de avisos de cigarrillos o de cursos de computación, vi, entre otras cosas, una serie de fotos del desarrollo del embrión humano, desde las primeras semanas hasta que ya es un feto formado; vi imágenes del sol tomadas con telescopio, con radiotelescopio, con rayos X; vi fotos de animales, de plantas, del mundo en fractales; y de pronto, en el techo del túnel, vi la bóveda celeste, con las constelaciones marcadas, y sentí, caminando por ese túnel, que ese lugar no era otra cosa que el universo entero que no era otra cosa que yo mismo caminando por el universo entero.



Y las iglesias, todas, en las que el barroco mexicano se exhibe a pleno, para veneración de los creyentes y para deleite y arrobamiento casi lascivo, lujurioso, de unos cuantos herejes. Debo confesar, sin embargo, que en una de ellas, la de Santo Domingo, tuve una experiencia bastante desagradable: éramos tres; acabábamos de entrar para contemplarla, para admirarla; estábamos vestidos con sobriedad y caminábamos lentamente por la nave central; en ese momento entró un sacerdote para dar inicio a una misa, nos vio y empezó, casi fuera de sí, a decir que no era hora de contemplar obras de arte, que había misa, que podíamos hacerlo antes o después, pero no durante; mientras seguía, nos pusimos respetuosa y silenciosamente a un lado, pero continuó, casi a los gritos, diciendo que nos fuéramos “a una sinagoga judía o a una mezquita musulmana”, donde seguramente seríamos bien recibidos, pero que nos fuéramos de allí y los dejáramos en paz. Ante tanta muestra de intolerancia, de inhumanidad, ante la reencarnación de la vergüenza de la Inquisición, nos fuimos. Me gustaría, eso sí, dejar claro que el sacerdote en cuestión no era mexicano, sino, como revelaban su acento y su vocabulario, español. Aclaro esto porque el mexicano no es, en absoluto, así. Hay un “detalle” que lo pone de manifiesto con claridad: en México, por las calles, aunque son muchos, muchos millones, la gente no se empuja al caminar. Ni siquiera en el metro. Viajan varios millones de personas por día, pero no necesitan estar a los empujones para subir o bajar. Ni en las horas pico. Viven en sociedad, y no en competencia para subir antes, bajar antes, entrar primero, mear más lejos.



En cuanto al idioma… pues es más que obvio que no es el que hablamos aquí abajo, en el sur del sur. Es otro. Nos entendemos, pero es otro, y supongo que cada vez se irá distanciando más, y está muy bien que así sea. ¿Cuál es la necesidad de que se mantenga unido férreamente el español, aparte de los negocios de yasabemosquiénes? Abrir un menú es encontrarse con enchiladas, con arracheras, con moles, con elotes, con pozoles, con tortillas que nada tienen que ver con las tortillas que uno conoce, con tortas que nada tienen que ver con las tortas que uno conoce… Por suerte, hay traductores: los mozos (¿o debería decir “meseros”?). Eso sí, como siempre sucede en la traducción, la fidelidad total no es posible, lo cual, en este caso, significa que cuando los mozos traducen el menú y dicen que determinado plato “no pica”, pica mucho, y cuando dicen que es “un poco picoso” (no picante, sino picoso) es porque te deja la boca como pa que no te olvides de lo que comiste por unos días.



Y aún  no he hablado de la gente. La Gente. Uno tiene la suerte (y el honor) de tener amigos por esos pagos, pero, si no los tuviera, igual tendría suerte si conociera a los mexicanos en su chipotle, digo… en su salsa.



Pero el viaje, lamentablemente, tenía que terminar, así que el último día aproveché la mañana para darle otro vistazo (fueron varios) al increíble Museo Nacional de Antropología y salí a toda velocidad hacia el aeropuerto, no fuera cosa de perder el vuelo. Bueno, perder el vuelo es una posibilidad cuando los vuelos salen, pero, como viajaba porr Aerolíneas Argentinas (compañía que, valga la aclaración, por entonces no era argentina, sino de empresarios españoles), la salida de un vuelo es algo, digamos, aleatorio. A veces salen, a veces no. Y esta vez era no. Podría salir, Tlaloc y otros dioses mediante, al día siguiente. Lo bueno fue que me alojaron en un hotel del aeropuerto (excelente, pero con esa detestable impersonalidad de los hoteles cincoestrellas de estos tiempos), y en el DF el subte (que es el metro) llega hasta el aeropuerto, así que pude aprovechar para ver más.



Hubo algo más. Una especie de coda, pa decirlo en términos musicales. La empleada de Aerolíneas Argentinas que me había dicho de la cancelación del vuelo, y que había tenido que soportar mi desazón inicial, mi irritación, mis quejas, había tenido la gentileza (mexicana) de pasarme a primera en el vuelo del día siguiente, y yo le había comentado que lo mejor de Aerolíneas Argentinas era... el personal mexicano. Cuando estaba por subir al avión, al día siguiente, vi a esa misma empleada en el mostrador. Me acerqué y, con toda seriedad, casi golpeando el mostrador, le dije que quería hacer un último reclamo. Me miró, sorprendida, y le dije: “Quiero saber dónde tengo que reclamar el pedazo de corazón que me estoy dejando acá, en México”. Sonrió y me dijo: “Ese, señor, nos lo quedamos aquí”. “Entonces no me quedará más remedio que volver a buscarlo”, le dije. Y me subí al avión.