domingo, 25 de agosto de 2013

Resonancias



Dice George Steiner que cada vez que usamos una palabra hacemos resonar toda su historia, ponemos en resonancia simultánea toda su historia. Lo dice así: “When using a word we wake into resonance, as it were, its entire previous history”. Lo dice cuando dice que no hay forma semántica que sea atemporal, que las palabras tienen siempre una determinación en el tiempo. Por lo tanto, cada vez que usamos una palabra, las resonancias que evoca y que provoca son diferentes, de modo que la palabra funciona de una manera diferente. Quizá muy similar a la vez anterior, quizá casi igual, pero solo casi, porque lo que dice esa palabra la segunda vez que la decimos ya no es lo mismo, es otra cosa.

Va más lejos Steiner. Dice que, si se dan en secuencia temporal, dos frases iguales no son iguales. Son homólogas, dice, pero interactúan… y es obvio que, para interactuar, tienen que ser diferentes. Pienso en un ejemplo simple: si digo “Mañana va a llover” y luego lo repito una vez, y luego otra, y luego otra, y luego una vez más, ¿la quinta vez que lo enuncie será igual a la primera? No, y cualquiera percibirá en la quinta enunciación consecutiva un matiz de ironía, o de deseo ferviente, o de letanía, o algo que no estaba la primera vez que se dijo la oración. Es decir, esas oraciones, las “mismas”, serán homólogas, pero no idénticas, porque su historia previa, la lejana y la inmediata, evocará resonancias que harán que la última vez suene irónica, o como un ferviente deseo, o. Y la quinta enunciación de “Mañana va a llover” estará interactuando de alguna forma con la primera. Inevitablemente.

Es decir, que las lenguas no solo cambian a lo largo de su historia, no solo se modifican sus usos gramaticales y sus formas léxicas con el paso de los años, sino que, además, en cualquier circunstancia y momento, las lenguas significan mucho más que lo que en apariencia significan. O significan incluso otra cosa. Las lenguas son, así, inasibles, imposibles de aferrar. Dice también Steiner que la lengua es el modelo más conspicuo de flujo heraclíteo, es decir, que la lengua es ese río que nunca es el mismo aunque sea el mismo.

Desde esa perspectiva, es un imposible la misión o la ambición del que traduce, porque jamás podrá aferrar plenamente el texto original, y mucho menos podrá convertirlo en un texto único y definido que signifique exactamente lo mismo para cada uno de sus lectores, porque cada uno de ellos lo recibirá distinto, en distinto momento, en distintas circunstancias, y en cada uno de ellos el texto resonará distinto, evocará distintas resonancias. Por eso se me ocurre que no es extraño que el que traduce, el que trabaja con las palabras, sienta una atracción especial hacia los diccionarios, esos vanos intentos de fijación de significados, de interpretaciones, de explicaciones, esos vanos intentos de exponer un sonido puro, desnudo, como si fuera ajeno al aire en el que suena, como si pudiera sonar sin aire, en el vacío.