miércoles, 3 de septiembre de 2014

Brolis (2)


Para P., que me dijo no escribiste en el blog, y se quedó mirándome


Hay quienes agarran los libros y…

(Paréntesis imprescindible, porque hay que dejar bien claro que los libros se agarran, no se toman entre las manos, y mucho menos se cogen, por decirlo como los españoles… aunque si no fuera a la española, quizá sí se podría decir que, a veces, los libros se cogen, pero ahí entraríamos en otros terrenos, y no es de eso de lo que estaba hablando, o de lo que quería hablar, sino de que los libros se agarran y sanseacabó, o no sanseacabó nada, sino que recién empiezo, así que cierro el paréntesis y sigo).

Hay, decía, quienes agarran los libros y se zambullen directamente en la primera página de texto, de bloque de texto, casi sin reparar siquiera en el título, en la tapa, en nada. Se meten en el texto como quien mete una cuchara en lo profundo del dulce de leche y yastá, el único aire que se puede respirar es el del dulce de leche, la novela, el cuento, la tesis de doctorado, lo que sea. Hay, claro, también, quienes agarran los libros como si fueran ladrillos para una torre y van apilando los que quieren leer en la mesa de luz, en el escritorio, debajo de la mesa ratona, en el rincón del pasillo por el que pasan para ir al baño. Hay, además, quienes lo primero que hacen es sostener los libros entre las dos manos, como si los estuvieran pesando, pero de inmediato pasan un dedo por el borde de las hojas a toda velocidad, con efecto ventilador. Y hay quienes van directo al índice para ver cuántos capítulos tiene el libro, cómo se titulan. Y quienes cuentan las hojas que tiene cada capítulo, el primer capítulo tiene siete páginas, el segundo tiene cuarenta y dos, qué desproporción, che, como si significara algo. Y hay quienes se detienen a mirar la tapa como si fuera un cuadro, ah, las tapas de aquella colección de bolsillo de Alianza, o tempora o mores. Y quienes parecen querer poner el libro bajo el microscopio y diseccionarlo con el bisturí de la mirada, y lo primero que hacen es leer la contratapa, y después miran quién lo editó por primera vez, y cuándo, y quién lo tradujo, y cuántos ejemplares tiene esa edición, y luego el índice, y después los agradecimientos, y la dedicatoria, y los prólogos y los prefacios y las introducciones, y finalmente, finalmente, se sientan con la satisfacción del deber cumplido. Y empiezan.

Hay en esta sombrerería sombreros de todos los colores y tamaños (o quizá, dado el tema en cuestión, no debería hablar aquí de sombreros, sino de galeras), y no creo que haya unos sombreros mejores que otros, unos más perfectos que otros. No creo, digo, que haya una forma ideal de agarrar un libro, de leer un libro, de penetrar, volviendo al principio, en un libro.

O quizá sí, quizá haya una forma ideal, pero seguramente esa forma será cada vez con cada libro, con cada persona en cada instante, y cada vez será distinta, o igual, pero ese ser igual también será distinto, único, porque agarrar un libro es eso, algo único, siempre único, cada vez único. Y cada persona que agarra un libro no sabe que está repitiendo un ritual antiguo y universal, y no lo sabe porque ese ritual es solo suyo, solo de ese momento, solo de la eternidad, porque la eternidad dura lo que ese instante. Nada. Todo.

P.D. Este texto juega también con Brolis, que publiqué en julio del año pasau.