lunes, 26 de mayo de 2014

Conciertos



Escucho Tchaicovsky con Mateo. A propósito, ¿cómo se escribe Tchaicovsky? ¿Tschaikovsky, o Chaicovsqui, o Tchaikovsky, o Chaicojqui, o? Nimporta. Escucho Tchaicovsky con Mateo. El concierto para violín de Tchaicovsky. Mateo ama ese concierto. Yo también. De pronto, fascinado, cautivado, conmovido, Mateo me dice: “¡Cómo me gustaría tocar ese concierto!”. Mateo toca el violín. Es un adolescente, apenas, 16 años, pero toca el violín hace diez. Quiero decir, conoce el instrumento, su sonido, su vuelo, su lirismo, su magia. Y el concierto para violín de Tchaicovsky, Mateo lo sabe y yo también, es magia. Pura y simple. Y cada vez que lo oye, y cada vez que lo oigo, Mateo se transporta, y yo me transporto, a un lugar en el que el universo es pleno, perfecto, y él y yo estamos en él, estamos ahí, y lo sabemos, y lo vivimos. Y una vez de esas veces Mateo me dice: “¡Cómo me gustaría tocar ese concierto!”. Y yo, inmerso en la magia, en la fascinación, le pregunto: “¿Como solista?”. Y Mateo me dice: “¡O en la orquesta! ¡Es lo mismo!”.



Del programa de mano del Teatro Colón
9 de julio de 1961

Y recién en ese instante entiendo lo que Mateo ya entendía. Como solista o en la orquesta, es lo mismo, es ser parte de ese momento de plenitud universal, de esa construcción colectiva. Desde el lugar que sea, es ser parte. O, en palabras de Mateo, es lo mismo.



Suelo decir que, como público, como parte del auditorio, también uno es parte de ese instante pleno. Es lo mismo. Como solista, como músico de la orquesta, como parte del auditorio. Uno es parte integrante, componente, de esa totalidad. Compositores, componentes. Yo no sé si Mateo lo entiende, aunque sé que lo entiende. Y sé que hay algo más que sé, que entiendo, ahora. Y qué bien que suena. Perfecto, diría.