jueves, 11 de septiembre de 2014

De la magia



Entro al Teatro Colón por el pasaje de los Carruajes. Voy a sacar entradas para… no sé, para cualquier cosa, siempre me gusta sacar entradas ahí, para lo que sea, aunque hay cosas, claro, que me gustan más que otras, y cosas que directamente no me gustan.


Hago la fila. Somos cinco o seis personas. Supongo que dos o tres estarán queriendo averiguar sobre las tristes, miserables (y carísimas) visitas guiadas que el teatro “ofrece” en esta triste, miserable época que está viviendo por culpa de una dirección espantosa que parece querer destruirlo. Pero no es de eso de lo que quiero hablar hoy, porque de todos modos el Colón es mucho más que algunos pocos hombres grises que por ahora, solo por ahora, lo habitan. El Colón es luz, así que sé que ya desaparecerán, como toda sombra.


Mientras espero, leo. De pronto, detrás de mí, una voz, una voz infantil, dice, pregunta, por qué estamos acá, mamá. Y una voz más adulta le dice que para sacar entradas para ver un concierto, para escuchar algo muy lindo, porque este es un teatro muy lindo. Me doy vuelta. La voz infantil me mira. La miro. Medio como que me enfrenta. Este es un teatro muy lindo, le digo, el más lindo que hay en Buenos Aires, uno de los más lindos del mundo, y además es un lugar mágico. Me mira. Cómo que mágico, mágico cómo. Mágico, le digo, mágico todo. Cuando vengas al concierto vas a ver, antes de que empiece, que hay algo raro, algo diferente, vos misma te vas a dar cuenta, aunque no sepas bien qué es, pero cuando empiece lo vas a saber, porque seguro seguro que vas a sentir la magia, y no es que alguien vaya a hacer trucos ni que vayan a aparecer brujos ni varitas ni dragones ni nada de eso, pero vas a ver que todo se transforma, que todo vibra de una manera especial, que todo tiene luz. Vos misma vas a sentir la magia, porque de verdad que este es un lugar mágico, le digo.


Es mi turno. Entro a la boletería a sacar entradas para lo que voy a ver. Barenboim y la orquesta del Diván haciendo fragmentos del Tristán de Wagner. Ya casi no queda nada. Compro arriba, arriba de todo, en el Paraíso, eso que toda la vida llamamos el gallinero. Hace años, muchos, muchos, que no voy al gallinero, pero quiero. Compro mi entrada. Cuando me estoy yendo, veo que la madre y la hija están comprando sus entradas. No sé qué irán a ver.



Llega el día. Subo los seis pisos por la escalera hasta el Paraíso, el paraíso. Desde mi lugar solo veo la mitad de la orquesta, y no llego a ver a todos los cantantes solistas, pero lo que suena, lo que percibo, es la totalidad. Sé dónde estoy, sé lo que estoy viendo, sé lo que estoy sintiendo. Sé, definitivamente, que estoy en un lugar mágico.



Termina la función. Busco con la mirada, entre las más de tres mil personas que llenan el teatro, a esa nena. No la veo. ¿Estará ahí? No tengo manera de saberlo. Ojalá que sí, ojalá que haya estado ahí, en esa misma función, o en otra, en cualquier otra. Ojalá haya sentido la magia. No. Ojalá no. Si estuvo ahí, un día, cualquier día, sé que la sintió, y también sé que ese día, de una u otra manera, ella estuvo conmigo, y sé que yo estuve con ella en su función. Creo que sonrío.


Cruzo caminando la plaza Lavalle, frente al teatro. Nada mejor me podría estar pasando. Acabo de vivir, estoy viviendo, la magia.

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P.D. Este texto juega también con En el camino (3), que publiqué en febrero de este año.