domingo, 30 de diciembre de 2012

Crónicas de viaje, en viaje



México, febrero de 2008


(Esta es una síntesis de una larga crónica que escribí hace unos años para otro ciberlugar. Decido reproducirla hoy aquí porque sé que en México están viviendo difíciles momentos políticos y quiero expresar todo mi apoyo a mis amigos, hermanos, mexicanos, y se me ocurre, entre otras, esta forma).



Lo primero que se oye en cuanto uno llega a México es “Bienvenido, esta es su casa”. Desde ese instante en adelante los mexicanos se harán cargo de que uno comprenda cabalmente que esa no es una frase hecha, ese no es un saludo vacuo y formal, sino simplemente una verdad. Mi primer viaje a México (hasta ahora, el único, pero no será el último) duró apenas once días, pero si, como suele decirse, un segundo puede cambiar para siempre a un ser humano, imaginen lo que podrán once días.



Una de las primeras cosas que me sorprendieron (aunque, para hablar con precisión, debería decir “que me maravillaron”) de México fue la calidad de su museografía. La pasión y claridad con que los mexicanos muestran su historia en sus museos es, para mí, clara señal de inteligencia. Algunos dicen que el tiempo es cíclico y hay que conocer lo que pasó para saber lo que pasará. Algunos dicen que los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla. Los mexicanos, en principio, saben que necesitan saber. Y trabajan (no solo en los museos, sino también en los restaurantes, en los hoteles, en los puestos de comida de las calles), todos, de distintas maneras, en ese sentido. Ya después se ocuparán de ver qué hacer con ese conocimiento, pero por lo pronto tienen conciencia, saben que necesitan saber. Y lo más interesante es que esa actividad museística no se termina en los museos, sino que se prolonga y se instala por todas partes. El Paseo de la Reforma, quizá la más bella avenida del DF, está lleno de esculturas. Desde el descomunal Ángel de la Independencia hasta los bancos para que los caminantes descansen son esculturas. Y las estaciones del metro, con exhibiciones de arte permanentemente: murales, fotografías, pinturas… Y no sólo muestran arte prehispánico, sino todo. Todo. En una de las estaciones hay un larguísimo túnel. Lo llaman Túnel de la Ciencia, y allí, en vez de avisos de cigarrillos o de cursos de computación, vi, entre otras cosas, una serie de fotos del desarrollo del embrión humano, desde las primeras semanas hasta que ya es un feto formado; vi imágenes del sol tomadas con telescopio, con radiotelescopio, con rayos X; vi fotos de animales, de plantas, del mundo en fractales; y de pronto, en el techo del túnel, vi la bóveda celeste, con las constelaciones marcadas, y sentí, caminando por ese túnel, que ese lugar no era otra cosa que el universo entero que no era otra cosa que yo mismo caminando por el universo entero.



Y las iglesias, todas, en las que el barroco mexicano se exhibe a pleno, para veneración de los creyentes y para deleite y arrobamiento casi lascivo, lujurioso, de unos cuantos herejes. Debo confesar, sin embargo, que en una de ellas, la de Santo Domingo, tuve una experiencia bastante desagradable: éramos tres; acabábamos de entrar para contemplarla, para admirarla; estábamos vestidos con sobriedad y caminábamos lentamente por la nave central; en ese momento entró un sacerdote para dar inicio a una misa, nos vio y empezó, casi fuera de sí, a decir que no era hora de contemplar obras de arte, que había misa, que podíamos hacerlo antes o después, pero no durante; mientras seguía, nos pusimos respetuosa y silenciosamente a un lado, pero continuó, casi a los gritos, diciendo que nos fuéramos “a una sinagoga judía o a una mezquita musulmana”, donde seguramente seríamos bien recibidos, pero que nos fuéramos de allí y los dejáramos en paz. Ante tanta muestra de intolerancia, de inhumanidad, ante la reencarnación de la vergüenza de la Inquisición, nos fuimos. Me gustaría, eso sí, dejar claro que el sacerdote en cuestión no era mexicano, sino, como revelaban su acento y su vocabulario, español. Aclaro esto porque el mexicano no es, en absoluto, así. Hay un “detalle” que lo pone de manifiesto con claridad: en México, por las calles, aunque son muchos, muchos millones, la gente no se empuja al caminar. Ni siquiera en el metro. Viajan varios millones de personas por día, pero no necesitan estar a los empujones para subir o bajar. Ni en las horas pico. Viven en sociedad, y no en competencia para subir antes, bajar antes, entrar primero, mear más lejos.



En cuanto al idioma… pues es más que obvio que no es el que hablamos aquí abajo, en el sur del sur. Es otro. Nos entendemos, pero es otro, y supongo que cada vez se irá distanciando más, y está muy bien que así sea. ¿Cuál es la necesidad de que se mantenga unido férreamente el español, aparte de los negocios de yasabemosquiénes? Abrir un menú es encontrarse con enchiladas, con arracheras, con moles, con elotes, con pozoles, con tortillas que nada tienen que ver con las tortillas que uno conoce, con tortas que nada tienen que ver con las tortas que uno conoce… Por suerte, hay traductores: los mozos (¿o debería decir “meseros”?). Eso sí, como siempre sucede en la traducción, la fidelidad total no es posible, lo cual, en este caso, significa que cuando los mozos traducen el menú y dicen que determinado plato “no pica”, pica mucho, y cuando dicen que es “un poco picoso” (no picante, sino picoso) es porque te deja la boca como pa que no te olvides de lo que comiste por unos días.



Y aún  no he hablado de la gente. La Gente. Uno tiene la suerte (y el honor) de tener amigos por esos pagos, pero, si no los tuviera, igual tendría suerte si conociera a los mexicanos en su chipotle, digo… en su salsa.



Pero el viaje, lamentablemente, tenía que terminar, así que el último día aproveché la mañana para darle otro vistazo (fueron varios) al increíble Museo Nacional de Antropología y salí a toda velocidad hacia el aeropuerto, no fuera cosa de perder el vuelo. Bueno, perder el vuelo es una posibilidad cuando los vuelos salen, pero, como viajaba porr Aerolíneas Argentinas (compañía que, valga la aclaración, por entonces no era argentina, sino de empresarios españoles), la salida de un vuelo es algo, digamos, aleatorio. A veces salen, a veces no. Y esta vez era no. Podría salir, Tlaloc y otros dioses mediante, al día siguiente. Lo bueno fue que me alojaron en un hotel del aeropuerto (excelente, pero con esa detestable impersonalidad de los hoteles cincoestrellas de estos tiempos), y en el DF el subte (que es el metro) llega hasta el aeropuerto, así que pude aprovechar para ver más.



Hubo algo más. Una especie de coda, pa decirlo en términos musicales. La empleada de Aerolíneas Argentinas que me había dicho de la cancelación del vuelo, y que había tenido que soportar mi desazón inicial, mi irritación, mis quejas, había tenido la gentileza (mexicana) de pasarme a primera en el vuelo del día siguiente, y yo le había comentado que lo mejor de Aerolíneas Argentinas era... el personal mexicano. Cuando estaba por subir al avión, al día siguiente, vi a esa misma empleada en el mostrador. Me acerqué y, con toda seriedad, casi golpeando el mostrador, le dije que quería hacer un último reclamo. Me miró, sorprendida, y le dije: “Quiero saber dónde tengo que reclamar el pedazo de corazón que me estoy dejando acá, en México”. Sonrió y me dijo: “Ese, señor, nos lo quedamos aquí”. “Entonces no me quedará más remedio que volver a buscarlo”, le dije. Y me subí al avión.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

La tristeza, el poder

Leo a Deleuze, que lee a Spinoza. Dice Deleuze:

Hay personas que cultivan la tristeza. Hay personas que son tan impotentes... Son esos los peligrosos. Son esos los que toman el poder. (...) Las personas del poder son impotentes que no pueden construir su poder más que sobre la tristeza de los otros. Tienen necesidad de la tristeza.


martes, 27 de noviembre de 2012

Huellas y libros



Cuando era pibe, las maestras nos decían que no dobláramos las esquinas de las hojas de los libros para señalar el lugar en el que interrumpíamos la lectura. Y nos decían que no subrayáramos los párrafos o las frases o las palabras que, precisamente, queríamos señalar. La idea era, supongo, que los libros siguieran como estaban el día que salieron de la imprenta, como si nada ni nadie los hubiera abierto, como si nadie los hubiera leído, como si fueran objetos que no había que tocar, que había que mirar por el ojo de una cerradura, objetos sagrados que no debían ser violados, corrompidos, ensuciados por miserables manos humanas, y a los que solo se podía acceder mediante una especie de mirada reverencial. A la vuelta de los años, y de miles de libros marcados y subrayados, me pregunto por qué, para qué, cuál era, cuál es, el sentido profundo de esa concepción.

Mi amiga la Zulma no solo hace marcas en los libros, sino que, pa pior, las hace con tinta, desafiantes, definitivas. “Los libros son para caminarlos”, dice, y a mí no solo me gusta la frase, sino que me encanta la idea. Yo recorro los libros que leo y me gusta saber que he estado ahí, y me gusta saber qué cosas del paisaje de los libros me han gustado, me han conmovido. Como si les sacara una foto, una instantánea, a momentos de la vida, de lugares, para poder volver a ellos, a ellas, en cualquier momento. No solo subrayo y hago marcas en los libros por razones de estudio. Mis libros de ficción suelen tener centenares de rayas y rayitas, y en la página de cortesía en blanco que hay al principio suelo anotar los números de las páginas en las que he hecho marcas, y en algunos casos incluso pongo entre paréntesis, junto al número, alguna referencia que aclara qué he marcado en esa página. Nunca sé si volveré a pasar por esos lugares, no sé si volveré a ver alguna vez esas fotos, pero en el momento siento la necesidad de tomarlas, y las tomo. Con trazo grueso. Porque la “cámara” que uso, aunque no es de tinta, tampoco es un instrumento fino y delicado: uso lápices muy blandos, pastosos, 6B u 8B, porque lo que quiero, creo, no es hacer una marca, sino dejar una huella profunda, mi huella, en los libros que son míos, no por haberlos comprado, sino por haberme apropiado de ellos al leerlos, al haberme hecho uno con ellos.

A veces, muchos años después de una lectura, regreso a viejos libros y me encuentro con las marcas de entonces, y a veces no sé a qué obedecen, no entiendo qué leyó el Miguel aquel que los leyó, y otras veces me maravillo al ver que ya entonces había visto lo que ahora veo. ¿Son lecturas distintas? ¿Son caminares distintos por una misma huella en el barro? Acaso sean una y otra vez la misma caminata, la misma búsqueda de la luz, que seguramente no está en el libro, ni en mí, sino en el lugar en el que el libro y yo nos encontramos, en la marca que, a pesar de mis maestras, sigo haciendo en el lugar en el que estoy, en el que estamos, el libro y yo.

martes, 20 de noviembre de 2012

Obra en construcción



Hablaba hace unas semanas de los colegios tomados y de los motivos por los que los chicos, esos descarados, desconocidos de siempre, habían decidido tomarlos y, contra viento y marea, habían sostenido durante un largo mes esas tomas. Y hablaba de la forma en que esos chicos luchaban. Decía entonces que lo hacían con ideas y flores.

Conozco bastante de cerca la situación específica de una de esas "escuelas artísticas" de la ciudad, la de música, el Esnaola, o más bien, entre nos, el Esna. Esta entrada lleva por título "obra en construcción" por los pibes y por su colegio, porque los pibes del Esna no solo estudian música, sino que además hacen, crean, construyen música de todo tipo: de la que algunos llaman clásica, de la que algunos llaman popular, de la que algunos llaman rock, de la que algunos llaman jazz… Son adolescentes y jóvenes que estudian guitarra, o piano, o percusión, o violín, o bandoneón, y cantan, todos, y cuando se acerca el final del año muestran a la sociedad, a su sociedad, a todos nosotros, parte de lo que hacen. El año pasado, sin ir más lejos, mostraron esto:



Los pibes estaban felices y el público también. Porque esa es la obra en construcción de la que hablo: la construcción social que significa una escuela, la construcción cultural que significa esa escuela. Mientras el gobierno se empeña en negarlos, en desconocerlos, los pibes hacen obra, construyen, crean. El año pasado fue Bach; este año será Mozart. Por la duración de la toma no llegaron a tener la obra preparada para uno de los conciertos (que iba a hacerse en la Catedral de la ciudá), pero este próximo fin de semana la cantarán y tocarán (porque la orquesta también es de la escuela) en la Facultad de Derecho de la Universidá de Güenosaire.

Y llamo también obra en construcción a esta entrada porque de eso les habla el gobierno de la ciudad cuando los pibes le reclaman un lugar digno para estudiar. Porque el lugar en el que funciona la escuela no es algo que pueda llamarse digno. Y hace años que el gobierno les promete una nueva escuela. La promesa debería haberse terminado de concretar y debería haberse inaugurado en el 2007, pero hoy, cinco años después, el nuevo Esna sigue en construcción. Un día, quizá el año próximo (es la última de sus promesas), inaugurarán con bombos y platillos y globos amarillos el nuevo edificio, y se jactarán de sus logros. Mientras tanto, los pibes del Esna siguen aquí:





Eso es lo que les ofrece el gobierno; por ejemplo, la posibilidad de morir electrocutados por haber ido al colegio (en otros colegios ofrece cosas distintas; por ejemplo, la posibilidad de morir aplastados por pedazos de techo que se caen).

Yo no sé qué pensarán quienes esto lean, pero sé que, mientras el gobierno los niega, los desatiende, los ningunea, dice y repite que son vagos que no quieren estudiar, los pibes siguen avanzando con ideas, con flores, con música. Yo no sé qué pensarán quienes esto lean, pero sé definitivamente que la lucha de los pibes, su convicción y su constancia, me dignifican. Sé que su música me eleva, sé que ellos me elevan.

Uno de mis hijos es alumno de ese colegio. Él es del Esna. Yo también.

martes, 6 de noviembre de 2012

¡Ke lo parió, che!



Dice Diego Fischerman en su excelente y disfrutabilísimo Escrito sobre música:

A pesar de que el término “folklore” se ha castellanizado como “folclore”, se elige aquí la grafía tradicional en tanto es la habitual en todo el mundo y en el mercado discográfico. Además, respeta la etimología (folk significa “pueblo”, pero folc no significa nada) y no provoca contradicciones con su abreviatura de uso frecuente, “folk”, que jamás se escribe con “c”, ni siquiera en España.

Y digo sho:

Es curioso (bueno, en realidad no mucho) que la Real Academia Española y sus subsidiarias, las academias americanas, insistan en hablar de “folclore” y jueguen, una vez más, su juego usual de incoherencia y asistematicidad. Porque, si hablan de folclore, deberían hablar de roc, y no de rock, ¿verdad? O de rok, o roq, como Iraq. Y de yas, y no de jazz. Y de blus, y no de blues. Y no deberían usar allegro, sino alegro. Bueno, a decir verdá, eso sí que lo intentaron, pero les salió mal, y ahora parece que vuelven p’atrás con ese caprichito y de nuevo dicen que es allegro. Por esta semana, al menos, es lo que se puede leer en su sitio güeb.

Y, decía, pa pior, el trabajo (si es que se lo puede llamar así) de los cacadémicos de la lengua no solo es incoherente, sino también asistemático. Porque si incluyen, como palabras relacionadas con la música, voces como allegro, allegretto, presto, adagio, andante y largo, entre otras, ¿por qué no incluyen scherzo, que pertenece exactamente a la misma categoría y se encuentra exactamente en las mismas obras en las que se encuentran las demás? Porque, de hecho, en las mismas sinfonías en las que hay allegros, o alegros, o allegri, hay scherzos, o scherzi. ¿Será quizá que les resulta mucho más difícil proponer una castellanización de la parola esa? Porque no creo que se atrevan a proponer la forma “esquerzo”. Hasta pa ellos sería un exceso, ¿no?

Lo curioso (tampoco mucho) es además que las academias se suelen jactar de que ellas no imponen nada arbitrariamente y desde arriba, porque, según dicen, su función no es crear, sino registrar el consenso de la comunidad de los hispanohablantes, en particular de los “cultos”. Bueno, eso lo dicen en los prólogos de sus mamotretos, pero en realidá en las páginas interiores es fácil comprobar que la cosa cambia, y que las academias hacen lo que se les canta (shaquestamos hablando de términos musicales), y no solo no registran, sino que borran la realidad de un plumazo, o un teclazo. Porque, en los hechos, y para remitirnos al ejemplo del que hablábamos inicialmente, la escritura de los “cultos”, al menos en América, no suele hacer referencia al folclore con c. Si se revisan los programas de las instituciones educativas más importantes del continente (o sea, los “cultos”, mimagino), puede comprobarse fácilmente que en ellos no se habla de folclore con c: la Universidad Nacional Autónoma de México, la Escuela Nacional Superior de Folklore José María Arguedas de Perú, la Universidad de Santiago y la Austral en Chile… y, en la Argentina, la Universidad de Buenos Aires, el Instituto Universitario Nacional del Arte, la Universidad Nacional de La Plata, la Universidad Nacional de Córdoba, la Academia Nacional de la Historia, la Escuela de Música Esnaola de Buenos Aires… y supongo que muuuuuuchas más (aunque no he revisado tanto)… todos y todas hablan de folklore, folklórico y folklorología. Con k, no con c. Siempre. Pero las academias ni se dan por enteradas, y siguen insistiendo en que va con c porque así lo usan los cultos. Y pa pior folklore ni la incluyen, aunque, como bien dice Fischerman y cualquiera sabe, es más que habitual, más que usual. ¿Será quizá que para las cacademias los que escribimos en castellano “folklore”, que sin duda, cultos e incultos, somos muchos, no formamos parte de lo que ellas definen como “la comunidad de los hispanohablantes”? ¿Será que para las academias “la comunidad de los hispanohablantes” son ellos y nadie más? ¿Será, acaso, que viven a contramano de la lengua, sus usos, sus hablantes y sus escribientes? No, no me respondan, ke las respuestas son obvias y están muy klaras, al menos pa mí, hablante inkulto.

Son raros estos muchachos, che, la verdá.

martes, 30 de octubre de 2012

Otras voces



Epitafio para Joaquín Pasos

Aquí pasaba a pie por estas calles, sin empleo ni puesto,
y sin un peso.
Solo poetas, putas y picados conocieron sus versos.
Nunca estuvo en el extranjero.
Estuvo preso.
Ahora está muerto.
No tiene ningún monumento.
                                                            Pero
recordadle cuando tengáis puentes de concreto,
grandes turbinas, tractores, plateados graneros,
buenos gobiernos.
Porque él purificó en sus poemas el lenguaje de su pueblo,
en el que un día se escribirán los tratados de comercio,
la Constitución, las cartas de amor y los decretos.


                                                                                   Ernesto Cardenal

martes, 23 de octubre de 2012

Colegio tomado



Terminaron las tomas de colegios secundarios en Buenos Aires. Por ahora.

Los adolescentes, esos descarados, sospechosos de siempre, no aceptan que el gobierno de la ciudad haya decidido imponerles impunemente, a partir del año próximo, y con la excusa de tener que “adaptar” los programas de estudios por exigencias legales, una reforma curricular que es una herramienta más para acabar con la educación pública. Porque ese parece ser, tristemente, el proyecto del gobierno de la ciudad: acabar con la educación pública.

En la tele, un conductor de un noticiero que más parece un vocero del pensamiento medieval que un periodista de este siglo entrevistaba hace unos días, encaramado en el pedestal de su soberbia, a uno de los adolescentes, esos descarados, sospechosos de siempre, que le decía que las tomas no terminaron, porque el problema no estaba ni está resuelto, sino que por ahora solo se suspendieron, pero que ellos seguirían, seguirán, con otras medidas. El troglo-dista dio cierre a la entrevista con tono irónico y dijo algo así como: “Pero de estudiar, ni hablar, ¿no?”, y sonrió de costado. Y yo me quedé pensando. Me quedé pensando que esa es justamente la idea de este gobierno y del propio troglodista: de estudiar, ni hablar, y por eso ejque el ministro de Educación se niega sistemáticamente a hacerlo (a hablar, digo, ya que con la prensa habla, pero con la comunidad educativa no), y por eso ejque el único que en ningún momento de la entrevista habló del tema (de la reforma curricular, en particular, y de la educación pública, en general) fue el troglodista. Y me pregunto, si no hay voluntad ni disposición para hablar con los estudiantes, ¿de qué clase de educación se está hablando? ¿Cómo se los piensa educar? ¿Sin hablar con ellos?

Lo que los estudiantes, por su parte, están pidiendo es que justamente se hable de eso: quieren hablar de estudiar, y quieren estudiar. De hecho, ante el anuncio oficial de que el ciclo lectivo se prolongaría para poder cumplir las exigencias curriculares, no hubo quejas ni reclamos de parte de los adolescentes, aunque a ninguno le alegre la posibilidad de pasar hasta la semana de la Navidad yendo diariamente al colegio. Pero está claro que los que sí quieren hablar de estudiar, y estudiar, son ellos, esos descarados, sospechosos de siempre, los estudiantes.

En el festival de conclusión de las tomas que los adolescentes celebraron a fines de la semana pasada circulaba, entre otros, este papelito:
 
 
Hay varios aspectos que me parecen interesantes y destacables en ese breve texto: la capacidad de síntesis, la claridad de ideas y de expresión, la sobriedad de la actitud, la precisión gramatical y ortográfica, y el dominio de la habilidad de construcción de resúmenes. Quiero decir, los adolescentes, esos descarados, sospechosos de siempre, demuestran en y con ese simple papelito que están más que capacitados para ser actores en su propia educación, parte de la mesa de diálogo de la que de todos modos, necesaria e inevitablemente, forman parte, y no admiten que se los pretenda recluir al papel de meros peones de un sistema.

Ese papelito, entre otros, es una clara invitación a dialogar, a construir, o, en todo caso, a explicar claramente qué se puede y qué no se puede, y por qué. Y ver juntos si hay alternativas. Siempre y cuando, claro, se esté dispuesto a hablar.

Y hay otro pequeño detalle, que no es menor, en ese papelito: ese dibujo, esas flores. Porque la lucha en la que están embarcados los estudiantes, esos descarados, sospechosos de siempre, puede ser larga, desagradable, agotadora, cruel, pero ellos la mantienen a fuerza de ideas… y de flores.

Yo estoy por la educación, por eso estoy con ellos, los estudiantes, esos descarados.

viernes, 19 de octubre de 2012

Junto al fuego



—El traductor deconstruye una materialidad para reconstruirla en otra, nueva, que quiere ser la misma.
—¿Otra vez hablando en difícil, usté? ¿No tiene manera de ser más claro?
—La claridad o la opacidad son también dos caras de lo mismo, sobre todo en lo que hace a las palabras. Toda palabra es transparente y opaca al mismo tiempo. Cualquier traductor lo sabe.
—No me venga con esas cosas, que no hay manera, ¿quiere? Si una cosa es transparente no puede ser opaca.
—Una palabra es una cosa y no lo es. Es clara y no lo es. Y mi definición de los traductores es difícil solo porque usted no quiere entenderla.
—Hábleme en criollo. Dígala como se debe y la entenderé, pero si me viene con que el sol hace ladrillos y los derrite…
—¡Exactamente! Jamás podría yo haberlo dicho mejor. Solo que el traductor procede al revés: primero derrite los ladrillos que otro sol construyó y luego los reconstruye, tratando de que sean iguales, aunque, claro… pero a buen entendedor…
—No me va a venir ahora con que lo que yo digo es lo mismo que usté dice, porque está claro que no. Si ni siquiera le entiendo.
—Usted entiende más de lo que admite.
—¡No se lo permito!
—Permita lo que quiera, o lo que pueda, que después de todo el hombre es más una suma de poderes que de quereres, pero sepa que el traductor no es más que un caminador de puentes.
—¿Puentes? ¿Pero de qué me habla? ¿No eran ladrillos?
—Ladrillos que el sol construye, efectivamente.
—Que sí, que sí, que eso ya me lo dijo. Y que después destruye.
—Eso sí que no, si me disculpa. Un traductor no destruye, sino que deconstruye, que no es lo mismo.
—Vea que yo soy bruto, pero no como vidrio.
—Ni yo se lo sugeriría.
—¿Se está burlando?
—Lejos de mí.
—No. Le pregunto si se está burlando aquí, donde estamos usté y yo, no lejos.
—Jamás podría burlarme de su sapiencia.
—¿Me está llamando sapo?
—Sapiencia o sabiduría, llámela como quiera, pero hay algo en usted que escapa a los tiempos y se detiene en las palabras.
—Las únicas palabras que recuerdo son las que los míos vienen diciendo desde siempre.
—Refranes, los llaman, y sé que es así. Ya lo he leído.
—Me estará confundiendo. Yo no sé escribir.
—No sabrá, pero yo sé leer, y lo he leído.
—No se burle.
—No lo hago.
—Pero… ¿de qué hablábamos?
—De traductores.
—Ah, sí. Y me acordé de mi tío el zen, el que me viene con cosas como el pez náufrago y se queda mirando la paré.
—Oiga, que usted no comerá vidrio, pero yo he leído, y eso no es de su tío el zen, sino de Macedonio.
—¿Lo conoce?
—¿Pero su tío no era de tierras más lejanas?
—Ese es otro. ¿O se cree que yo tengo un solo tío?
—Compruebo, y con placer, que sus tíos han construido nuestra lengua a uno y otro lado de la mar.
—¿No era el mar?
—Es lo mismo.
—Total, es sólo agua, ¿verdá?
—O palabras, como prefiera.

Así siguieron discurseando largo rato los dos hombres. El más bajo sacó de su rucio una pieza de queso y le ofreció una mitad al otro. Junto al fuego, dejaron un espacio para que se acomodara el alto y flaco que en algún momento llegaría. Dejaron el yelmo a un costado. Mientras comían, callaron. El narrador también calló, y salió a comprar tinta para que el traductor, al llegar, siguiera empujando la rueda del molino de las palabras y la historia de la historia continuara.

(Escribí este texto hace siete años para el sitio web de la agencia de traducción que tenían la Au y el JL. El sitio web ya no existe; el texto, sí. Creo.)

viernes, 12 de octubre de 2012

Sustantivos y tonterías



Leo, una vez más, a Gregory Bateson. Dice:
En la escuela a los chicos se les siguen enseñando tonterías. Se les dice que un “sustantivo” es “el nombre de una persona, lugar o cosa”, que un “verbo” es una “palabra que indica una acción”, etc. O sea, desde tierna edad se les inculca que la manera de definir algo es hacerlo mediante lo que supuestamente es en sí mismo, no mediante su relación con otras cosas. (…) Hoy todo eso tendría que ser modificado. Podría decirse a los niños que un sustantivo es una palabra que mantiene una cierta relación con un predicado, que el verbo mantiene una cierta relación con un sustantivo que es su sujeto, y así sucesivamente.

La gramática, dice también, es configuración contextual. Me gusta eso: configuración contextual. ¿De qué sirve pensar en supuestos “elementos” de una lengua como objetos aislados y aislables si, en realidad, solo tienen sentido cuando hierven juntos en ese caldero orgánico que son las oraciones? ¿Tiene sentido construir supuestas “gramáticas” que no hacen más que desmenuzar, destripar el idioma, en vez de mirarlo como una totalidad en la que las partes son exactamente eso, es decir, partes? ¿Tiene sentido una gramática que excluya a la pragmática, la lengua en uso, como pretenden (y definen) las academias de la lengua castellana? ¿No se convierte así a la lengua en una especie de rompecabezas de miles y miles de piezas, pedacitos sin sentido? ¿Y los hablantes qué somos desde esa perspectiva? ¿Armadores de rompecabezas que de pronto se encuentran con una pieza en la mano que en algún lugar de ese inmenso océano (vacío) habrá de encajar, de pertenecer? ¿No es al revés la cosa? ¿No es acaso que las palabras son lo que son solamente cuando están en situación, en contexto, en uso?

Se me ocurre que la palabra sustantivo, la palabra verbo, la palabra palabra, son como las notas musicales. Solo existen cuando suenan. Un do, un re, solo existen cuando suenan. Si no, son apenas unas letras que hacen referencia, quizá, a algo. Pero hasta que ese algo no suene, no existirá. Como los sustantivos, los verbos, las palabras, la lengua.

viernes, 5 de octubre de 2012

Convoco una vez más a mis fantasmas




Convoco una vez más a mis fantasmas
pero ellos llegan desordenadamente
apoyan sus zapatos sucios en mi cama
dejan mis libros abiertos en páginas impares
y leen en voz alta mis poemas de amor a ella.

Esto me sucede para esta fecha cada año
y sin embargo obstinadamente insisto
y los invito a sentarse a mi mesa
a discutir nuestras obsesiones comunes
y tomarnos el café medio frío.

Ellos llegan con inmensas cajas vacías
con las uñas comidas y con omnibuses
y tocan insistentemente el timbre de la puerta
y se ríen a carcajadas
y yo pienso que no me tienen en cuenta.

Algunos se sientan en un rincón
no quieren molestar dicen
otros ponen los pies sobre la mesa
para estar más cómodos dicen
algunos piden permiso para hablar
y otros no
pero todos irrumpen e interrumpen
y me miran sonrientes y esperanzados cuando se van
y me dejan como todos los años
pero al menos todos
            menester es reconocerlo
me desean feliz cumpleaños
antes de cerrar la puerta.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Traductores



El 30 de septiembre es, dicen, el día del traductor. En realidad, aquellos que lo dicen con más frecuencia no suelen escribirlo así, sino que les gusta más la pomposidad de las mayúsculas, de modo que ponen Día del Traductor. Pa pior, argumentan, explican, justifican, con tono casi ofendido: “Ejque corresponde con mayúsculas por esto, o por lo otro, o por lo de más allá”. Y seguramente tienen razón. Lo que, creo, no entienden, es que el hecho de tener razón no hace que la cosa tenga importancia alguna.

Pero la cuestión es que el 30 de septiembre se celebra el día del antedicho porque es San Jerónimo y el tal Jerónimo fue el que tradujo la Biblia del griego al latín allá por… bueno, allá por allá, ¿o acaso tiene importancia alguna el año judeocristiano en que lo hizo? Pero como parece que la historia de la traducción es la historia de la traducción de la biblia, o de la Biblia, entonces pues… eso.

Lo que me pregunto, digo, hoy, es si alguien puede ser traductor. Y la verdá es que lo que creo es que no. Uno puede traducir, actuar como traductor, hacer traducciones, pero… ¿ser traductor? ¿Ejque acaso cuando estoy andando en bicicleta por la reserva ecológica de Güenosaire, disfrazado de ciclista, soy traductor? ¿Cuando estoy corriendo alrededor del lago, en pantalones cortos, con la camiseta transpirada y pensando que me faltan 6 km para llegar a ningún lado, soy traductor? ¿Cuando estoy sentado en una butaca de un teatro ejcuchando y viendo el Don Giovanni de Mozart soy traductor? ¿Cuando estoy tomando una copa de vino (o dos, o tres) con amigos soy traductor? ¿Cuando calculo la cantidá de carbón que necesito pa’l asado del domingo según la cantidá de gente que va a venir soy traductor?

Y a la inversa, ¿no es acaso traductor mi hijo adolescente cuando ayuda a su hermana a entenderse con un neozelandés que, en una ciudad argentina, le pregunta pa qué lado queda el estadio en el que van a jugar los All Blacks? ¿No es traductora la mujer que ayuda al marido a entenderse con el conserje del hotel en el que se están registrando? ¿No es traductor el que le dice al mozo-camarero-mesero-mesonero-garzón lo que quiere comer cada uno de los comensales que no saben el idioma del mozo-camarero-mesero-etc.? Y si ellos también son traductores, ¿son traductores todos los que traducen? ¿O acaso solo lo son los que cobran por traducir? Y si así fuera, ¿no son traductores muchos que tienen títulos universitarios que los acreditan como tales pero que jamás han cobrado un centavo por traducir?

Quiero decir, digo, ¿quiénes son traductores? ¿Qué es, qué significa ser traductor? Vaya uno a saber. Endemientras, p’aquellos a los que les caiga el sayo, ojalá que este 30 de septiembre hayan tenido un feliz día, che, y que sigan teniendo felices días, y los demás también. O sea, salú, traductores, todos ellos, todos ustedes, todos nosotros, todos.



jueves, 20 de septiembre de 2012

Puro ruido



Hace unos años Alex Ross publicó un libro sobre la música del siglo xx que, en el original, se tituló The Rest Is Noise. Su versión española se llamó El ruido eterno, y mucho fue el ruido que hubo respecto de esa traducción, e’cir, de esa traducción del título, aunque, como sabemos, los títulos de los libros (y los de las películas, entre otras cosas) no se traducen, sino que se crean otros y se ponen, en uno y otro idioma, y en otro, y en otro.

En este caso, el titulo original parafrasea las últimas palabras de Hamlet antes de morir. Dice el tal Hamlet: “The rest is silence”, y eso es algo que cualquier anglohablante mínimamente educado (que son los destinatarios originales e ideales del libro) conoce y reconoce fácilmente, ya que Hamlet es una de las obras fundamentales de la literatura en su lengua, y no se trata de una expresión perdida en algún lugar del texto, sino de las últimas palabras del muchacho antes de su mutis final.

Pero el problema es que la traducción literal de esa frase en una cultura que la desconoce, e’cir, que desconoce la referencia literaria en cuestión, no produce el mismo efecto en sus lectores. O, pa decirlo en fácil, pocos hispanohablantes saben toooodo lo que se está diciendo, es decir, a qué se está haciendo referencia, cuando se dice en inglés “el resto es silencio”, o, para el caso, “el resto es ruido”. En castellano, cualquiera de esas dos frases no es más que eso: una frase que dice lo que dice y nada más. En inglés, en cambio, es mucho más: es una frase que tiene cuatrocientos años dando vueltas en el idioma; o sea, es, casi diría, otra cosa. Por lo tanto, traducirla así, literalmente, es quitarle gran parte del sentido que Ross, indudablemente, quiso darle (él mismo lo dice en algún lado).

Un equivalente de esto en castellano podría ser, por ejemplo, que se dijera “En un lugar de la cancha de cuyo nombre no quiero acordarme”, o algo por el estilo. Cualquier hispanohablante reconocería de inmediato la referencia, cosa que no pasaría si se dijera eso mismo en inglés, porque los angloparlantes no sabrían que esa oración refiere inmediatamente a… bueno, ¿pa qué decirlo, si cualquier hispanohablante mínimamente educado (como los lectores de este blo) ya lo sabe?

Por eso, insisto, traducir “The rest is noise” como “El resto es ruido” habría estado, en muchos sentidos, simplemente mal. Habría sido, sería, una mala traducción. Porque una traducción no solo es traducción de un texto original, sino de un montón de ecos (o de armónicos) que suenan y resuenan juntos, y que significan juntos, en las palabras de ese texto. Y si no se tienen en cuenta todos esos otros sonidos que no se notan pero que están, el resultado puede ser algo así como la reducción para piano que hizo Liszt de las sinfonías del Beto: se parecen, sí, pero no son. Y pa mí las cosas son más lindas cuando son que cuando parecen. En cualquier idioma.

Lo cual no significa que El ruido eterno sea una “traducción” del título ni, por supuesto, que sea una buena elección como título en castellano de esa obra. Pero ese es otro debate, y no era de eso de lo que quería hablar. Ah, dicho sea de paso: de la traducción de la obra en sí no puedo opinar (¿opinaría, acaso, si pudiera?), porque no la leí. Leí el original, nomás. Una verdadera delicia. Creo que hasta me puede llegar a gustar Schoenberg.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Que te calles



En Buenos Aires tenemos costumbres raras con, entre otras cosas, los nombres de las calles. Muchas llevan, entiendo que a manera de inentendible homenaje, el nombre de algún virrey que esquilmó y colonizó estas tierras durante siglos en nombre del imperio, otras llevan el nombre de un general que se dedicó prolija y organizadamente a masacrar pueblos que llevaban centenares de años por aquí en nombre de la patria, y otras, mucho más interesantes, eso sí, llevan nombres que no suelen mantener coherencia alguna, no solo porque al cruzar una avenida pueden cambiar de denominación, o quizá no, sino también porque aun allí donde no cambian de nombre, de todos modos cambian de nombre. Algunos dicen que no es que los nombres cambien, sino que solo es una cuestión de carteles, pero, si es así, ¿cómo lo saben?

Por ejemplo, en pleno barrio de Almagro, si uno va por una vereda (acá nadie camina por la acera, porque acá no hay aceras, o no hay la palabra acera, así que uno camina por la vereda, que no es la calzada, que eso es la calle) de la avenida Corrientes, se cruzará en algún momento (si va pa’l lado adecuado, claro) con Jerónimo Salguero, que eso es lo que dice el cartel que la identifica, pero ocurre que si uno va por la vereda denfrente (ídem) se cruzará, en cambio, con Salguero Jerónimo, que eso es lo que dice el cartel que identifica… ¡a la misma calle! Es decir que, yendo por acá, Jerónimo Salguero, pero yendo por allá, Salguero Jerónimo. Se me dirá que eso es una intrascendencia, una pavada que no tiene ninguna importancia, y es verdá, pero eso pasa con casi todas las cosas de las que hablo habitualmente, y con las demás también, así que sigo.

A pocas cuadras de allí hay un cartel que anuncia que uno está, o acaba de llegar a, la calle Bravo, que a pocos metros de ahí pasa a llamarse Mario Bravo. Se me dirá, lo sé, que eso tampoco tiene, etc., pero. Sigo.

En la avenida Rivadavia nace, en el mismo rioba, la calle Juares, que apenas cien metros después se llama Jaures. Esto no lo vi yo originalmente, sino que debo la iluminación al amigo Eliezer, que fue y es capaz de verlo desde miles de kilómetros de distancia, lo cual muestra otra inesperada curiosidad de las calles de Buenos Aires, y que el interés en intrascendencias de todo tipo y laya es algo que no tiene fronteras.

Y to esto sin siquiera salir de un barrio, cosa que, de tos mos, sabemos que no hace falta, porque el universo es un barrio, o el barrio es un universo, que es casi lo mismo. Y viceversa.

Pero no solo tenemos cuestiones con los nombres de las calles, sino también con los de las esquinas. Porque a veces las esquinas parecen tener ramificaciones que no tienen, y el desprevenido se pierde o se confunde.

Si, porjemplo, a uno le dicen que lo esperan en la esquina de Virrey Olaguer y Feliú y Zapiola, en el barrio de Colegiales, ¿qué puede pensar uno? Que es la intersección de tres calles, ¿no? Una es Virrey Olaguer, otra es Feliú y la tercera es Zapiola, ¿no? Pues no. Son dos. El problema es que, si uno no lo sabe, cuando llega y ve que el cartel dice Virrey Olaguer y Feliú piensa que ahí no es, que esa es otra esquina, que tiene que llegar a donde esas dos, Virrey Olaguer y Feliú, se cruzan también con Zapiola, pero, claro, cuando uno camina una cuadra más y llega a la esquina siguiente, ve que sigue estando en la esquina de Virrey Olaguer y Feliú, y ahí se complica la cuestión, porque en realidad uno empieza a sentir que ya no existe el espacio, que ya no existe la distancia, y que por más que uno camine siempre va a terminar llegando al mismo lugar, a la misma esquina, a la de Virrey Olaguer y Feliú, y eso no solo provoca angustia existencial, sino que además deja una sensación bastante miserable, porque, después de todo, si uno va a estar llegando siempre al mismo lugar, debe haber muchos lugares mejores p’andar llegando que la esquina de Virrey Olaguer y Feliú, ¿no?

El problema no sería tal si uno estuviera, por ejemplo, en Barcelona, o en otras partes de España, donde las esquinas no están formadas por la intersección de una calle “y” otra, sino “con” otra. Por esos pagos a uno le dirían que lo esperan en la esquina de Virrey y Olaguer y Feliú con Zapiola, pero, claro, encontrar esa esquina en Barcelona debe (de) ser aun más difícil que encontrarla en Buenos Aires, y eso provoca también angustia existencial y sensación miserable, porque lo que uno comprueba es que, camine por donde caminare, nunca llegará o llegare a donde uno quiere o quisiere, que es Virrey y Olaguer y Feliú, ahí donde hace esquina con Zapiola. Así que en Barcelona el problema no es tal, pero es peor.

Diferente sería si uno viviera en una ciudad como La Plata, donde las calles llevan número en vez de nombre, o en las que el nombre es un número, si se prefiere, pero, una vez más, si uno vive en el número 40 de la calle 4, uno vive en 4 40, ¿no? ¿Y quién quiere vivir en una casa que se usa para afinar el la?

domingo, 2 de septiembre de 2012

Fragmentos de voz


Reflexos
Pensar sin fronteras. Itati Acuña
Está oscuro y es el lado del tiempo que puede pertenecernos. Está oscuro y desconozco los ecos de los que acaso vengan mis propias palabras. Digo, que no hay ecos que sean falsos. Ni externos. Conocerlos es negar el de los bordes hacia afuera.



Los intertextuales
Una pandilla que sale de noche, noche a noche, con guantes y gorras negras, a robarse frases de los libros e insertarlas en otros que se escribieron antes.

domingo, 26 de agosto de 2012

Mahler y yo


A mí lo que me pasa con Mahler, Gustav, es que me parece que lo que hace es presentar la trama y la urdimbre de todos los sonidos y de todos los silencios (si es que los hay en este universo). Por momentos me pasa que siento que muestra todo, presenta todo. Todo lo que hay, digo, todo lo que existe, porque queda claro que en Mahler la sinfonía es el universo, así que cuando digo todo lo que existe quiero decir todo lo que existe, o sea, el universo, o sea, la sinfonía. Mahler lo expone todo, lo presenta todo. El cosmos y el caos, el alfa y el omega, pero no como sucesión, sino como partes.

Por momentos el entramado del todo se hace denso, abigarrado, lleno de hilos que se atan en los mismos nudos, que se desatan de los mismos nudos, que se disparan hacia infinidad de territorios, hacia ningún territorio, que se entrelazan y enmarañan hasta que ya no se puede nada más, hasta que ya no hay lugar para nada más.

Y por momentos todo parece pender de un hilo, de una simple melodía apenas susurrada por una leve flauta, o ni siquiera una melodía, una nota, todo el universo parece ser, depender y pender de una nota que se alarga, se sostiene, y en realidad es, porque esa nota es, de hecho, todo el universo, esa nota es la expresión de toda la solidez y la contundencia de la potencia del universo, esa nota, esa sola nota, es todo. Todo.

A mi lo que me pasa con Mahler es que no me parece que haya un orden en sus sinfonías ni en las partes de sus sinfonías ni nada, porque todo me suena a parte del entramado, y podría haber empezado, empezar, por cualquier parte, por casi cualquier parte de cualquiera de las sinfonías, que de tos mos siempre habría mostrado, siempre mostraría, lo mismo, siempre expresaría lo mismo. Por eso parece, solo parece, retomar “materiales” que ya ha usado en otras obras, aunque a veces uno tiene la sensación de que lo que parece retomar es algo que todavía no ha usado, no ha compuesto, y a veces que usa algo que ya ha usado antes pero es como si esta vez fuera la primera. No hay orden, o más bien, el orden es la totalidad, o las dos cosas.

Y me pasan más cosas con Mahler, Gustav. La Filarmónica de Baires va a tocar, esta semana, la 7ª de… bueno, sí, de él. Y la Filarmónica está tocando muy pero muy bien últimamente, y sonando muy pero muy bien últimamente. Y en una butaca del teatro voy a estar sentado yo. Y lo que me pasa es que, desde varios días antes, yo ya estoy disfrutando el placer de la expectativa, oséase, que tengo como para una semana de goce con la 7ª de Mahler hasta que finalmente la oiga y la ejcuche en el concierto, y ahí la vaya a gozar de nuevo, o quizá no, quizá el concierto no sea de los mejores por una de esas cosas que a veces suceden con y en los conciertos (y con otros ítems también), pero ya no importará, porque ya habré gozado de toda una semana de la 7ª de Mahler y eso igual estará muy bien.
Me pasa que Mahler me crea expectativas de placer, y creo que eso también está, de algún modo, en la música de Mahler.

A mi lo que me pasa es que allá por los años 60 del siglo pasau, cuando yo era un pibe en Buenos Aires, mi viejo me inoculó el virus de Mahler. No me dijo que se me iba volver una cuestión crónica.

domingo, 19 de agosto de 2012

De Joyce, James


Una de las cosas que más me gustan de la blogósfera (además de la palabra blogósfera) es el eco. Textos, imágenes, ideas que rebotan de un lado a otro, no solo en el espacio, sino también en el tiempo. Hace unos días, un blog al que considero amigo, el del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, recordó una entrada que había publicado a su vez en su blog hace años Eduardo Mejía sobre Joyce. Una entrada realmente disfrutable, deliciosa, de esas que dan ganas de volver a leer a Joyce. Me gustó leerla, pero me detuve en una frase: “Cabrera Infante entendió como pocos a Joyce, pero es aún lejana a la prosa que sobre todo en el ritmo reproduce el de la infancia, con sus temores e inseguridades y su sensación de que todo está por empezar; sin embargo, en Los muertos, el último relato del libro, sí se acerca a Joyce”.

A mí no me había convencido hace años, cuando la leí, la tradux de Guillermo Cabrera Infante, especialmente en ese cuento, e incluso algo había escrito al respecto en algún lao, así que decidí volver a leerla ahora, para ver si cambiaba de idea, y la verdá ejque me sorprendí y me sorprendió.

Leí primero el cuento en inglés (hace unos días justo lo mencionaba por aquí), deteniéndome a pensar cómo resolvería GCI este o aquel problema de traducción, y luego leí su tradux. Y esta vez, en general, la traducción de Cabrera Infante me gustó, me pareció que tenía el tipo de respiración, de aliento, con el que narra Joyce, y que más allá de ciertos detalles de vocabulario (uno siempre le cambiaría el vocabulario a una traducción de otro) y de alguna que otra cosa discutible, la prosa de GCI “contaba” bien en castellano la de JJ. Fue un placer encontrarme con esa traducción, y reencontrarme con la entrañable colección de bolsillo de Alianza, que tenía unas tapas geniales.

Pero, claro, no todo en la tradux me gustó, y lo que no me convenció fue justamente lo que más habría querido que me convenciera, porque es el final, ahí donde Joyce se zambulle en la búsqueda experimental que seguiría elaborando en el Ulises y el Finnegans. No todavía en The dead con las rupturas, las fracturas, del vocabulario y la lengua en que se embarcaría más adelante, pero sí, ya, claramente en el clima de monólogo interior, de fluir de la conciencia, todavía controlado (¿acaso alguna vez se descontrolaría?), pero expuesto y desplegado en esa epifanía final como para que el siglo XX empezara a saber lo que se venía, lo que este puro animal de la palabra haría.

Otro día, querido blog, te cuento por qué no me convenció ese final de GCI, pero por ahora prefiero quedarme con el gustito dulce de haber releído uno de los grandes cuentos de la literatura. Digo, creo.

(Ilustración: Itati Acuña) 
(Fotografía: Atenas, agosto 2012. Jeremías Wald Acuña)