jueves, 23 de abril de 2015

Acerca de la música, la dignidad, el respeto




Jordi Savall es músico. En lo suyo, sin duda es uno de los más grandes. Toca la viola da gamba (probablemente sea el mejor intérprete del mundo de ese instrumento), es director de orquesta y musicólogo, y se dedica a lo que se suele llamar “música antigua”, es decir, la música clásica europea de la Edad Media, el Renacimiento y el Barroco. Uno suele pensar que gente así vive en una especie de burbuja y que su relación con el mundo terrenal y sus problemas es escasa, por no decir prácticamente inexistente, pero.

En octubre del año pasado, el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte de España le concedió el Premio Nacional de Música como intérprete, pero Jordi Savall, que hace más de medio siglo que vive, se diría, entregado a la música, lo rechazó. En esta carta, dirigida al ministro y los miembros del jurado pocos días después, explicaba sus motivos. Jordi Savall tiene más de 70 años. Es un hombre grande. En más de un sentido.


Distinguidos señores,

Recibir la noticia de este importante premio me ha creado dos sentimientos profundamente contradictorios y totalmente incompatibles: primero, una gran alegría por un tardío reconocimiento a más de 40 años de dedicación apasionada y exigente a la difusión de la música como fuerza y lenguaje de civilización y de convivencia y, al mismo tiempo, una inmensa tristeza por sentir que no podía aceptarlo sin traicionar mis principios y mis convicciones más intimas.
 
Lamento tener que comunicarles, pues, que no puedo aceptar esta distinción, ya que viene dada de la mano de la principal institución del estado español responsable, a mi entender, del dramático desinterés y de la grave incompetencia en la defensa y promoción del arte y de sus creadores. Una distinción que proviene de un Ministerio de Educación, Cultura y Deportes responsable también de mantener en el olvido una parte esencial de nuestra cultura, el patrimonio musical hispánico milenario, así como de menospreciar a la inmensa mayoría de músicos que con grandes sacrificios dedican sus vidas a mantenerlo vivo.
 
Es cierto que en algunas contadas ocasiones he podido beneficiarme, a lo largo de más de 40 años de actividad, de alguna colaboración institucional: la celebración del V Centenario del descubrimiento de América, las pequeñas ayudas a giras internacionales y recientemente las invitaciones del Centro Nacional de Difusión Musical a presentar nuestros proyectos en Madrid. Pero igual que la inmensa mayoría de músicos y conjuntos del país, he seguido adelante solo con mi esfuerzo personal, sin contar jamás con una ayuda institucional estable a la producción y materialización de todos mis proyectos musicales. Demasiado tiempo en que las instancias del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes que usted dirige continúan sin dar el impulso necesario a las diferentes disciplinas de la vida cultural del Estado español que luchan actualmente por sobrevivir sin un amparo institucional ni una ley de mecenazgo que las ayudaría, sin duda alguna, a financiarse y a afianzarse.
 
Vivimos en una grave crisis política, económica y cultural, a consecuencia de la cual una cuarta parte de los españoles está en situación de gran precariedad y más de la mitad de nuestros jóvenes no tiene ni tendrá posibilidad alguna de conseguir un trabajo que les asegure una vida mínimamente digna. La Cultura, el Arte, y especialmente la Música, son la base de la educación que nos permite realizarnos personalmente y, al mismo tiempo, estar presentes como entidad cultural en un mundo cada vez más globalizado. Estoy profundamente convencido de que el arte es útil a la sociedad, contribuyendo a la educación de los jóvenes, y a elevar y a fortalecer la dimensión humana y espiritual del ser humano. ¿Cuántos españoles han podido alguna vez en sus vidas escuchar en vivo las sublimes músicas de Cristóbal de Morales, Francisco Guerrero o Tomás Luis de Victoria? Quizás algunos miles de privilegiados que han podido asistir a algún concierto de los poquísimos festivales que programan este tipo de música. Pero la inmensa mayoría nunca podrá beneficiarse de la fabulosa energía espiritual que transmite la divina belleza de estas músicas. ¿Podríamos imaginar un Museo del Prado en el cual todo el patrimonio antiguo no fuera accesible? Pues esto es lo que sucede con la música, ya que la música viva solo existe cuando un cantante la canta o un músico la toca; los músicos son los verdaderos museos vivientes del arte musical. Es gracias a ellos que podemos escuchar las Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio, los Villancicos y Motetes de los siglos de Oro, los Tonos Humanos y Divinos del Barroco… Por ello es indispensable dar a los músicos un mínimo de apoyo institucional estable, ya que sin ellos nuestro patrimonio musical continuaría durmiendo el triste sueño del olvido y de la ignorancia.
 
La ignorancia y la amnesia son el fin de toda civilización, ya que sin educación no hay arte y sin memoria no hay justicia. No podemos permitir que la ignorancia y la falta de conciencia del valor de la cultura de los responsables de las más altas instancias del gobierno de España erosionen impunemente el arduo trabajo de tantos músicos, actores, bailarines, cineastas, escritores y artistas plásticos que detentan el verdadero estandarte de la Cultura y que no merecen sin duda alguna el trato que padecen, pues son los verdaderos protagonistas de la identidad cultural de este país.
 
Por todo ello, y con profunda tristeza, le reitero mi renuncia al Premio Nacional de Música 2014, esperando que este sacrificio sea comprendido como un acto revulsivo en defensa de la dignidad de los artistas y pueda, quizás, servir de reflexión para imaginar y construir un futuro más esperanzador para nuestros jóvenes.
 
Creo, como decía Dostoyevski, que la Belleza salvará al mundo, pero para ello es necesario poder vivir con dignidad y tener acceso a la Educación y a la Cultura.
 
Cordialmente le saluda,


Jordi Savall

 

domingo, 22 de marzo de 2015

Resonancias (2)




Me quedo pensando en algo que escribí en este blo sobre otro texto, y cómo resuena con las resonancias. Me refiero a lo que hace tiempo escribí sobre Gregory Bateson, sobre la pauta que conecta. Decía, dice, Bateson: “¿Cuál es la pauta que conecta al cangrejo con la langosta, a la orquídea con la rosa, y a los cuatro conmigo? ¿Y a mí y a ustedes con la ameba, en un extremo, y con el esquizofrénico, en el otro?”. Decía, digo, que Bateson se pregunta qué es lo que integra todo eso, qué es lo que hace que eso sea un sistema y funcione como tal, cuál es el patrón, la relación que conecta todo. La pauta que conecta. Y decía que pensaba en cómo se organiza el sistema de la comunicación, es decir, el sistema de cada comunicación en cada comunicación. Y me parece que, precisamente, tiene que ver con la idea de las resonancias de la que habla Steiner. De las resonancias, digo, de cada palabra, de cada situación, de cada universo. De dónde resuena lo que resuena como resuena.
 
Y como una cosa resuena en otra y con otra, me acuerdo ahora del comienzo de El señor presidente, aquella maravillosa novela de Miguel Ángel Asturias. ¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre! Como Zumbido de oídos persistía el rumor de las campanas a la oración, maldoblestar de la luz en la sombra, de la sombra en la luz. ¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre, sobre la podredumbre! ¡Alumbra, lumbre de alumbre, sobre la podredumbre, Luzbel de piedralumbre! ¡Alumbra, alumbra, lumbre de alumbre..., alumbre..., alumbra..., alumbra, lumbre de alumbre..., alumbra, alumbre...!!

 Quizá solo sea el sonido lo que hace que ese texto resuene para mí en este instante y con esta idea de la que vengo hablando, o, mejor dicho, en la que vengo pensando con Steiner. Y con Bateson. Y con Asturias . (No me puedo quejar de la compañía que tengo en estas reflexiones y resonancias).

Quizá, también, para muchos resuene igual y perciban que sí, que todo forma claramente sistema, que hay una pauta evidente que conecta todo. Porque creo que sí, que la hay, que claro que la hay, que seguro que la hay.

lunes, 2 de marzo de 2015

Resonancias



Leo a George Steiner. Abro paréntesis. Dice que todo acto lingüístico tiene un determinante temporal, que no hay forma semántica que no lo tenga, que sea atemporal, intemporal, y que cuando usamos una palabra ponemos en resonancia toda su historia. Lo dice lindo, porque no habla de “poner” en resonancia, sino que dice algo así como “despertar” las resonancias. Es bella la idea de que las resonancias duerman en una palabra y de pronto despierten, se despierten, porque al mismo tiempo deja implícita la posibilidad, la certeza, de que, con el tiempo, muchas de esas resonancias entren en un sueño profundo y ya no vuelvan a despertar ni despertarse en las mentes de muchos, y la posibilidad, la certeza, de que un día ya no despierten más, la posibilidad, la certeza, de que las propias palabras, las lenguas, un día, mueran, como mueren, definitivamente.

Pero estábamos en que usar una palabra es despertar todas sus resonancias, y en que, con el paso del tiempo, las resonancias que esa palabra puede tener en una lengua cambian, van cambiando. Una palabra no significa hoy lo que significaba hace tiempo, no tiene el peso que tenía, no resuena con otras cosas con las que resonaba, como resonaba. Entonces, cuando leemos textos escritos en un pasado cuya lengua, aunque sea la nuestra, nos resulta en cierto modo ajena, es decir, cuando leemos el Quijote, por ejemplo, o incluso cuando leemos textos mucho más cercanos, como el Facundo, ¿leemos lo mismo que leían entonces cuando leían esos textos?, ¿nos hablan esos textos de la misma manera en que hablaban a sus lectores de entonces?, ¿son, acaso, los mismos textos? Sí, sí, ya sé, es Heráclito, en los mismos ríos entramos y no entramos. Steiner también lo dice, cuando dice que la lengua es el modelo más notable del flujo heraclíteo. Entre otras cosas es por eso que dice que leer es siempre, inevitablemente, traducir. Cierro el paréntesis. Sigo leyendo a Steiner.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Teclas



Me paso la vida pulsando letras en el teclado de la computadora. Mis hijos se ríen de la fuerza con que las golpeo. Yo sé que no hace falta, sé que una leve caricia alcanza, sé que mis golpes aceleran el deterioro del teclado, sé que el ruido innecesario tapa también la música que escucho mientras escribo, lo sé, todo eso lo sé, pero no puedo dejar de sacudir las teclas como lo hago, no puedo dejar de buscar reproducir la música de las teclas mecánicas con las que empecé a escribir a máquina en la solidez de la Remington, con las que crecí escribiendo en la comodidad de la Olivetti. Las tengo aquí, a mi lado, las sigo teniendo, aunque ya nunca escriba en ellas. No las tengo como reliquia de la historia, no las tengo como posesiones, como propiedad.  Las tengo aquí, a mi lado, para no perder de vista que, cuando escribo, cada vez que escribo, no escribo nada nuevo, sino que simplemente sigo escribiendo las mismas palabras, en las mismas hojas, para las mismas gentes, y que sigo necesitando el sonido familiar, la música de las teclas, sosteniéndome, sosteniendo las palabras.Y lo curioso es que esas palabras viejas, esas mismas palabras, cuentan siempre historias distintas, aunque siempre empiecen diciendo que en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme fue donde muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.



Un día les saco fotos y las pongo acá, en otra página de este blo, o en esta.