lunes, 2 de marzo de 2015
Resonancias
lunes, 15 de diciembre de 2014
Teclas
Me paso la vida
pulsando letras en el teclado de la computadora. Mis hijos se ríen de la fuerza
con que las golpeo. Yo sé que no hace falta, sé que una leve caricia alcanza,
sé que mis golpes aceleran el deterioro del teclado, sé que el ruido
innecesario tapa también la música que escucho mientras escribo, lo sé, todo
eso lo sé, pero no puedo dejar de sacudir las teclas como lo hago, no puedo
dejar de buscar reproducir la música de las teclas mecánicas con las que empecé
a escribir a máquina en la solidez de la Remington, con las que crecí
escribiendo en la comodidad de la Olivetti. Las tengo aquí, a mi lado, las sigo
teniendo, aunque ya nunca escriba en ellas. No las tengo como reliquia de la
historia, no las tengo como posesiones, como propiedad. Las tengo aquí, a mi lado, para no perder de
vista que, cuando escribo, cada vez que escribo, no escribo nada nuevo, sino
que simplemente sigo escribiendo las mismas palabras, en las mismas hojas, para
las mismas gentes, y que sigo necesitando el sonido familiar, la música de las
teclas, sosteniéndome, sosteniendo las palabras.Y lo curioso es que esas
palabras viejas, esas mismas palabras, cuentan siempre historias distintas,
aunque siempre empiecen diciendo que en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no
quiero acordarme fue donde muchos años después, frente al pelotón de
fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que
andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.
Un día les saco fotos
y las pongo acá, en otra página de este blo, o en esta.
jueves, 11 de septiembre de 2014
De la magia
Entro al Teatro Colón
por el pasaje de los Carruajes. Voy a sacar entradas para… no sé, para
cualquier cosa, siempre me gusta sacar entradas ahí, para lo que sea, aunque
hay cosas, claro, que me gustan más que otras, y cosas que directamente no me
gustan.
Hago la fila. Somos
cinco o seis personas. Supongo que dos o tres estarán queriendo averiguar sobre
las tristes, miserables (y carísimas) visitas guiadas que el teatro “ofrece” en
esta triste, miserable época que está viviendo por culpa de una dirección espantosa que
parece querer destruirlo. Pero no es de eso de lo que quiero hablar hoy, porque
de todos modos el Colón es mucho más que algunos pocos hombres grises que por
ahora, solo por ahora, lo habitan. El Colón es luz, así que sé que ya desaparecerán,
como toda sombra.
Mientras espero, leo.
De pronto, detrás de mí, una voz, una voz infantil, dice, pregunta, por qué
estamos acá, mamá. Y una voz más adulta le dice que para sacar entradas para
ver un concierto, para escuchar algo muy lindo, porque este es un teatro muy
lindo. Me doy vuelta. La voz infantil me mira. La miro. Medio como que me enfrenta.
Este es un teatro muy lindo, le digo, el más lindo que hay en Buenos Aires, uno
de los más lindos del mundo, y además es un lugar mágico. Me mira. Cómo que
mágico, mágico cómo. Mágico, le digo, mágico todo. Cuando vengas al concierto
vas a ver, antes de que empiece, que hay algo raro, algo diferente, vos misma
te vas a dar cuenta, aunque no sepas bien qué es, pero cuando empiece lo vas a
saber, porque seguro seguro que vas a sentir la magia, y no es que alguien vaya
a hacer trucos ni que vayan a aparecer brujos ni varitas ni dragones ni nada de
eso, pero vas a ver que todo se transforma, que todo vibra de una manera
especial, que todo tiene luz. Vos misma vas a sentir la magia, porque de verdad
que este es un lugar mágico, le digo.
Es mi turno. Entro a
la boletería a sacar entradas para lo que voy a ver. Barenboim y la orquesta
del Diván haciendo fragmentos del Tristán de Wagner. Ya casi no queda nada.
Compro arriba, arriba de todo, en el Paraíso, eso que toda la vida llamamos el
gallinero. Hace años, muchos, muchos, que no voy al gallinero, pero quiero. Compro
mi entrada. Cuando me estoy yendo, veo que la madre y la hija están comprando
sus entradas. No sé qué irán a ver.
Termina la función. Busco
con la mirada, entre las más de tres mil personas que llenan el teatro, a esa
nena. No la veo. ¿Estará ahí? No tengo manera de saberlo. Ojalá que sí, ojalá
que haya estado ahí, en esa misma función, o en otra, en cualquier otra. Ojalá
haya sentido la magia. No. Ojalá no. Si estuvo ahí, un día, cualquier día, sé
que la sintió, y también sé que ese día, de una u otra manera, ella estuvo conmigo,
y sé que yo estuve con ella en su función. Creo que sonrío.
Cruzo caminando la
plaza Lavalle, frente al teatro. Nada mejor me podría estar pasando. Acabo de
vivir, estoy viviendo, la magia.
P.D. Este texto juega también con En el camino (3), que publiqué en febrero de este año.
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P.D. Este texto juega también con En el camino (3), que publiqué en febrero de este año.
miércoles, 3 de septiembre de 2014
Brolis (2)
Para P., que me dijo no
escribiste en el blog, y se quedó mirándome
Hay quienes agarran
los libros y…
(Paréntesis
imprescindible, porque hay que dejar bien claro que los libros se agarran, no
se toman entre las manos, y mucho menos se cogen, por decirlo como los
españoles… aunque si no fuera a la española, quizá sí se podría decir que, a veces,
los libros se cogen, pero ahí entraríamos en otros terrenos, y no es de eso de
lo que estaba hablando, o de lo que quería hablar, sino de que los libros se
agarran y sanseacabó, o no sanseacabó nada, sino que recién empiezo, así que
cierro el paréntesis y sigo).
Hay, decía, quienes
agarran los libros y se zambullen directamente en la primera página de texto, de
bloque de texto, casi sin reparar siquiera en el título, en la tapa, en nada. Se
meten en el texto como quien mete una cuchara en lo profundo del dulce de leche
y yastá, el único aire que se puede respirar es el del dulce de leche, la
novela, el cuento, la tesis de doctorado, lo que sea. Hay, claro, también,
quienes agarran los libros como si fueran ladrillos para una torre y van
apilando los que quieren leer en la mesa de luz, en el escritorio, debajo de la
mesa ratona, en el rincón del pasillo por el que pasan para ir al baño. Hay,
además, quienes lo primero que hacen es sostener los libros entre las dos manos,
como si los estuvieran pesando, pero de inmediato pasan un dedo por el borde de
las hojas a toda velocidad, con efecto ventilador. Y hay quienes van directo al
índice para ver cuántos capítulos tiene el libro, cómo se titulan. Y quienes
cuentan las hojas que tiene cada capítulo, el primer capítulo tiene siete
páginas, el segundo tiene cuarenta y dos, qué desproporción, che, como si
significara algo. Y hay quienes se detienen a mirar la tapa como si fuera un
cuadro, ah, las tapas de aquella colección de bolsillo de Alianza, o tempora o
mores. Y quienes parecen querer poner el libro bajo el microscopio y diseccionarlo
con el bisturí de la mirada, y lo primero que hacen es leer la contratapa, y
después miran quién lo editó por primera vez, y cuándo, y quién lo tradujo, y
cuántos ejemplares tiene esa edición, y luego el índice, y después los
agradecimientos, y la dedicatoria, y los prólogos y los prefacios y las
introducciones, y finalmente, finalmente, se sientan con la satisfacción del
deber cumplido. Y empiezan.
O quizá sí, quizá haya
una forma ideal, pero seguramente esa forma será cada vez con cada libro, con cada
persona en cada instante, y cada vez será distinta, o igual, pero ese ser igual
también será distinto, único, porque agarrar un libro es eso, algo único, siempre
único, cada vez único. Y cada persona que agarra un libro no sabe que está
repitiendo un ritual antiguo y universal, y no lo sabe porque ese ritual es
solo suyo, solo de ese momento, solo de la eternidad, porque la eternidad dura
lo que ese instante. Nada. Todo.
P.D. Este texto juega
también con Brolis, que publiqué en julio del año pasau.
jueves, 14 de agosto de 2014
Cuervos
San Lorenzo de Almagro campeón
de la Copa Libertadores de América 2014
Dos generaciones de cuervos sonríen en la foto.
El rayo de luz que se ve arriba no es un farol de la calle, sino mi viejo, primera generación cuerva Wald en la Argentina.
de la Copa Libertadores de América 2014
Dos generaciones de cuervos sonríen en la foto.
El rayo de luz que se ve arriba no es un farol de la calle, sino mi viejo, primera generación cuerva Wald en la Argentina.
jueves, 31 de julio de 2014
Mentirosos
Mienten. Los que dicen que la música es el único
lenguaje universal mienten. Lo saben, lo viven a diario, pero mienten. No hay
lenguaje menos universal que el de la música, no hay jergas más exclusivas y exclusivistas,
más cerradas y sectarias, que las de la música. La música, el mundo de la
música, está constituido por sectas que no admiten a otras sectas. Y no es solo
algo que pase entre música y música, quiero decir, no es solo que los del rock
no admiten la clásica y los de la clásica no admiten el folklore y los del
folklore no admiten el jazz y los del jazz… No, no es solo eso. Pasa también dentro
de cada una de esas músicas: pasa en el interior del universo del rock, en el
interior del universo del jazz, y en el del folklore, y en el del tango, y en
el de la clásica… ¿O acaso alguien de los del público tradicional de Sumo no
hablaba pestes de Soda? ¿O acaso los tangueros tradicionales no renegaron
siempre y siguen renegando de Piazzolla, que a esta altura es tan clásico como el
que más? ¿O acaso los que defienden un folklore puro, anónimo, no hablaron
siempre mal de cualquiera que quisiera poner una guitarra eléctrica en una
zamba? ¿O acaso los amantes de Beethoven, Schubert y Brahms que pueblan
cotidianamente el Teatro Colón de Buenos Aires no se van casi a las puteadas
del teatro cada vez que se programa una obra del siglo XX, que a esta altura ya
también es antiguo? ¿O acaso Miles, ¡Miles!, no sufrió críticas de todo el
universo del mismísimo jazz cada vez que propuso algo nuevo? Claro que el muy
guacho de Miles se pasó la vida proponiendo cosas diferentes y nuevas, y eso no
es fácil de asimilar para nadie, pero eso es otra historia.
Por eso, decía, mienten. Mienten los que dicen que la
música es un lenguaje universal. La música es un lenguaje, como cualquier otro,
de complicidades, un lenguaje en el que vos y yo, ustedes y nosotros, nos
entendemos y compartimos, pero que no compartimos con otros, que no compartimos
con todos, y es en ese punto, en ese lugar, donde la música se convierte en una
maldición de Babel como la de los idiomas: estamos condenados a no entendernos,
a no disfrutarnos todos y en todo momento, a dispersarnos por el mundo de los
sonidos como Babel se dispersó en el mundo de los idiomas. Condenados a no
comprendernos, a no gozarnos.
![]() |
| (Músicos, de Itati Acuña) |
Y lo que yo me pregunto, a veces me pregunto, es si
está mal que sea así, pero también me pregunto si tiene algún sentido
preguntarse si está mal o está bien. Lo que yo me pregunto, digo de una vez, es
si no podríamos intentar una vez, cada vez, todas las veces, internarnos en
algún otro de esos territorios de la música como nos internamos en otros
países, en otros idiomas, y tratamos de entenderlos, tratamos de disfrutar y
disfrutarlos, de gozar de sus comidas, de sus sabores, de sus aromas… de sus
músicas.
Porque la música no es, claro que no, un lenguaje
universal. La música es un montón de lenguajes particulares, minúsculos,
sociales pero al mismo tiempo individuales, un montón de sonoridades, un montón
de ecos, y se me ocurre que es maravillosa la posibilidad de perderse entre esos
ecos, entre esos distintos universos que son las distintas músicas, y pasar de
uno a otro, entrar a uno, cualquiera, y salir en otro, cualquiera.
Porque la música, decía, digo, no es un lenguaje
universal. Lo universal, en todo caso, somos nosotros. Y es en nosotros donde
pueden estar todas las músicas, es en nosotros donde puede estar la música. No
es poco.
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