lunes, 3 de marzo de 2014

Teatro Colón, Buenos Aires



No importa que se hayan robado los tesoros más valiosos de la Biblioteca y que el resto de los libros esté en un depósito privado porque el Teatro está reabierto pero la Biblioteca no. No importa que esta temporada solamente tenga 6 títulos de producción propia, lo que nos iguala con teatritos de provincia. No importa que el Ballet solamente haga 37 funciones por año, o que la Filarmónica haga apenas 19 conciertos con repertorio básico. No importa que los precios del Paraíso de pie sean los que más aumentaron desde la reapertura, es para que los pobres no vayan, es mejor que vaya gente de países civilizados que nos visitan como turistas. No importa que los talleres ya no puedan producir como antes, es mejor que no produzcan así la sala se puede alquilar para casamientos como el Liceu, eso sí es un país civilizado. No importa.


Aunque pensándolo bien, a mí sí me importa que el Teatro Colón, mantenido por todos los contribuyentes de la ciudad de Buenos Aires, sea solamente para que algunos lo «disfruten». Yo creo que el Abono Estelar no solo no está bien, sino que no debería existir. El Colón no debe manejarse como una sociedad privada que contrata estrellas a precios imposibles y vende entradas solamente a quienes puedan pagarlo. Es más, tampoco debería alquilarse el Colón al Mozarteum. Si quieren armar una serie de reuniones exclusivas para sus socios, pues que se construyan su propio auditorio. ¿Por qué no lo han hecho? Porque es mucho más barato que el contribuyente pague los gastos de mantenimiento de la sala y ellos se quedan con el usufructo. Negocios privados con fondos públicos. En rigor, este abono estelar es un desprendimiento del Mozarteum, se comparte el negocio con el Mozarteum.

(…)
Yo quiero un Teatro Colón para ir a escuchar a mis cantantes, mis músicos, mis bailarines, mis escenógrafos, los que han hecho grande al teatro. Además, mantengo con mis impuestos dos orquestas, un cuerpo de ballet, dos coros y una fábrica teatral completa con escuela incluida. Quiero que el teatro se use para que se luzcan ellos, y para que además de las funciones de abono haya funciones de divulgación tanto con segundos elencos como con los estudiantes del Instituto. Quiero más funciones, y menos alquileres, menos negocios privados que no aportan nada al corazón del teatro sino que lo empobrecen, a pesar del brillo que dicen tener.

Mariangeles

P.D. Son palabras de Mariangeles.  Con toda tristeza, desde toda mi tristeza, las comparto. MW

viernes, 21 de febrero de 2014

En el camino (3)



Es invierno en Viena. La plaza frente a la ópera está llena de gente. Unos cuantos disfrazados de cortinados venden entradas para espectáculos, óperas, conciertos… Las venden en el idioma que haga falta. Uno de los cortinados se nos acerca y empieza a hablarnos en inglés. María le contesta en francés y el tipo sigue en francés. Se acerca Itati y me dice algo en castellano, y el tipo nos oye y sigue en castellano. Quizá si hubiéramos seguido probando idiomas, el tipo habría seguido vendiéndonos localidades en cada uno de esos idiomas.

Se acerca fin de año, de modo que abundan los conciertos y recitales navideños. De eso, dice el cortinado, va a haber en la Volksoper, y eso es lo que nos está queriendo vender: una orquesta alegre y animada, unos valsecitos de Strauss, un par de arias o dúos de Mozart, algún highlight de Beethoven, todo muy lindo, muy de las fiestas, muy. Pero yo no quiero eso, y menos cuando, en ese mismo momento, mientras el cortinado sigue hablando en algún idioma, veo un cartel que dice que ahí, ahí mismo, en la Ópera del Estado de Viena, ese día, ese mismísimo día, a las 7 de la tarde, van a dar Fidelio. ¡Fidelio!


Entiendo epifánicamente que mi vida está, es, desde ese momento, ahí, e’cir, ese-día-a-esa-hora-en-esa-función. Comprendo que toda mi vida habrá carecido y carecerá definitiva y eternamente de sentido si no voy ese día a ver Fidelio. El cortinado no vende entradas de esas, pero nos dice que ya deben (de) estar agotadas, que dependerá de cuántas estemos buscando. María dice rápidamente: “Una”. Parece que es mi día pa las revelaciones epifánicas, porque de pronto tengo otra: mis compañeras de viaje no comparten mi epifanía (la primera, digo), así que, si quiero, tendré que ir solo. Te confieso, querido blo, que no me molesta la idea: he ido solo centenares de veces a conciertos, recitales, óperas, lo sigo haciendo y pienso seguir haciéndolo en el futuro. Pero la cuestión es que no estoy solo en Viena, somos tres los que estamos, y estamos paseando de a tres, así que decido prescindir de epifanías (de la primera, digo) y pasar el resto del día con mis compañeras. Ahora bien, si por una de esas casualidades terminamos el recorrido del día temprano y queda tiempo como para que yo vaya a la ópera y vea si aún queda alguna entrada… Pero eso solo si por una de esas casualidades, claro.

…

Llegamos a nuestro lugar de alojamiento, el bulín del Sergio, a las 6:15. Fidelio, ya dije, empieza a las 7:00. Estamos a 600 o 700 metros de la Ópera. Como mucho, 10 minutos de caminata. Me visto maomeno como pa la ocasión y, a toda velocidá, salgo. Me pierdo en el camino y llego al teatro cuando faltan diez minutos para que empiece la función. Pa pior, no encuentro la boletería. Camino. Pregunto. La encuentro. Localidades agotadas. No me resigno. Salgo del teatro. Cuando entraba, vi a varios con entradas en la mano para la reventa de último momento. Miro la que me muestra el primero. El precio impreso es €50. El tipo me dice que la vende a €90. Paso al siguiente. El precio impreso es €190. Ni pregunto. Niego con la cabeza. Me pregunta cuánto pensaba pagar. Lo menos posible, pienso, pero no lo digo. No sé, le digo, entre €40 y €50. Esta cuesta €40, dice una mujer parada en los escalones y con cara de no saber qué está haciendo ahí. La miro. Lo que me muestra no es una entrada. Es un papel, que ni siquiera sé si es del teatro, en el que alguien ha garabateado algo que no comprendo. Además, no se parece en nada a las entradas que tienen los otros. Definitivamente, eso no es una entrada. Ella me dice que sí, que su amiga no pudo ir, que por eso la vende, que es lo que le dieron en la boletería para entregarle al comprador que encontrara, si encontraba, pero que no le permiten venderla dentro del teatro, sino que debe hacerlo ahí. Desconfío. Temo que no me dejen entrar con ese papeluchito. Insiste en que no puede venderla adentro. No sé qué hacer. Se está haciendo la hora. Me dice bueno, entremos y después me paga adentro, no importa. Entramos. Le digo que no se preocupe, que le voy a pagar. Mientras subimos las escaleras me pregunta si es mi primera vez en Viena. Le digo que sí, que es mi primera vez en Viena, en ese teatro… ¡y hacen Fidelio! Sonríe.



Mientras subimos las escaleras me dice que la acústica arriba, en las localidades más altas, es la mejor del teatro. Le digo que en el Colón de Buenos Aires pasa lo mismo. O, al menos, que en el Colón de Buenos Aires se dice lo mismo. Me acompaña hasta mi asiento. El de ella es unas butacas más allá. Me siento en mi lugar. Es cómodo. Mucho, pero mucho más cómodo que un asiento equivalente en el Colón. Además, uno puede apoyarse en la baranda y no hay barra de metal que obstruya la visión. Y uno levanta una especie de tapita y resulta que es una pantallita (una para cada butaca) con el texto en alemán y en inglés. Entra el director. Empieza Fidelio. Entro yo también: en éxtasis: no podría decir si la función es maravillosa, si es la mejor de la historia o si simplemente yo estoy donde debo estar en el momento en el que tengo que estar ¡y me estoy dando cuenta!




Termina el primer acto. Se sale al pasillo en el intervalo. Siempre. Necesariamente. Sobre todo, para ver si se puede tomar una copa de vino, e’cir, para ver si puedo tomar una copa de vino. Parte del ritual, que le dicen. En la punta de la fila me está esperando. Me pregunta si me gustó. No sé qué le respondo, pero sé que entiende. Me dice que, si es mi primera vez en ese teatro, tengo que conocerlo. Me lleva por el teatro, la Ópera del Estado de Viena, como si fuera su teatro propio, que es, supongo, como yo le mostraría mi teatro, el Colón. Me va a llevar a la sala Mahler. Me pregunta si conozco a Mahler. Le cuento. Camino por el teatro como si toda la vida hubiera caminado por él. Ese lugar no me es ajeno. En el bar de abajo está el director del teatro. Me lo muestra. Siento por un instante que somos un par de viejos amigos chismosos secreteando por los rincones. Me lleva hasta el foyer y la terraza. Me cuenta que en verano abren los ventanales que dan a la plaza en el intervalo y la gente se toma su copa ahí y… ¡la copa! Me acompaña. Tomo mi copa de vino. Le invito, pero no acepta. No tomo, dice. Va a empezar el segundo acto. Es hora de volver a Fidelio.


Me sorprende, al final, la forma de respuesta del público. Hay muchos aplausos, pero ni un solo bravo. En el Colón (y, supongo, en cualquier teatro de la Argentina), los bravo habrían empezado con la orquesta aún tocando. Aquí no. Pero muchos aplausos. El primer bravo es para el director. De pronto, hay muchos bravo. Un par, míos. 












Me está esperando. Retiramos los abrigos y bajamos juntos comentando la ópera. Cuando nos despedimos le pregunto el nombre. Me dice que se llama Martina, pero la verdad es que no le creo. Es más, ahora mismo, en perspectiva, mientras esto escribo, pienso en cómo era y ni siquiera la recuerdo. Es que esa mujer no era una mujer, sino un fantasma del teatro. Yo no iba a estar esa noche ahí, pero tenía que estar… y había estado. Me recibieron los fantasmas del teatro.

viernes, 31 de enero de 2014

En el camino (2)



Estamos en los Vosgos, en un pueblito de montaña cerca de Belfort. Nuestro destino es Praga, pero mis compañeras de viaje deciden aceptar mi capricho: hacer un alto en Bayreuth para visitar, si se puede (estamos fuera de temporada), el templo, el Festspielhouse, el teatro de ópera que Wagner construyó para celebrar su megalomanía, o, quizá, para que quienes amamos su música celebráramos, celebremos, su megalomanía. Da igual. La cuestión es que mis compañeras de viaje aceptan mi capricho, y trazamos la ruta.



En el camino está Karlsruhe y allí vive Humberto Cosentino, un guitarrista argentino que hace una pila de años que vive en Europa y al que María conoció casualmente en un festival de tango en Berlín o por ahí, y luego no volvió a ver. María le escribe para ver si tiene un rincón de su casa donde recibirnos para poder hacer noche en el camino y que no se nos haga tan largo el viaje.

…



Humberto nos espera en su casa, con su jermu alemana, con la cena lista. Se nos hace tarde y, desde el camino, los llamamos para avisarles, para decirles que no nos esperen, que coman tranquilos, que vamos a llegar más tarde de lo previsto.



Llegamos a eso de las 9 de la noche, GPS mediante. Sale a recibirnos nuestra anfitriona, Katharina, cuidadosamente vestida… con un kimono. No tarda en explicarnos su fascinación por el tema y mostrarnos su colección: unos 60 kimonos, uno más bello que el otro, uno más cariñosamente atesorado que el otro por Katharina. Nos hace sentir su pasión, compartirla. Humberto, mientras, nos prepara la cena. Ellos ya comieron, pero él cocina especialmente para nosotros. Mientras comemos, comparten una copa de vino con nosotros. Como pensamos salir temprano, no prolongamos demasiado la velada. No demasiado, digo. Hablamos de música, de todo, de nada, de nosotros.





Por la mañana, cuando nos levantamos, la mesa está preparada, lista para que desayunemos y emprendamos viaje. Katharina ya se ha ido a trabajar. Humberto, bicho noctámbulo como todo músico, debe estar durmiendo. No lo despertamos. Salimos.



Hacemos el viaje de Karlsruhe a Bayreuth con el eco de las voces de Humberto y Katharina.

Los viajes están llenos de lugares maravillosos, dicen. También los habitan bellas caras y bellas voces de bellas gentes. Como Katharina y Humberto.



lunes, 6 de enero de 2014

En el camino (1)





Los viajes tienen la costumbre de comenzar antes del comienzo y terminar mucho después de haber terminado. Hay cosas que pasan antes de los viajes que son, claramente, parte del viaje mismo, y en ocasiones, muchas, un recuerdo de viaje no es apenas una imagen fugaz, sino una presencia tangible que encarna realmente en el momento de la evocación.


Como estaba (yo) a punto de  viajar al otro lado del charco grande, un día de diciembre, a una hora cualquiera de la tarde, una vez, un día, fui a tramitar la licencia de conducir internacional, trámite inútil e intrascendente, dicen, pero trámite necesario, en ocasiones, dicen. Cuando llegué, el inmenso salón del Automóvil Club estaba prácticamente vacío. Alguien esperaba, alguien pagaba algo en el otro extremo de la sala, alguien llevaba unos papeles de aquí para allá, y yastá, nada más, nadie más. Me senté a esperar. Pocos minutos después, me atendieron, recorrí todo el proceso en un cuarto de hora o poco más y volví a sentarme en el sector de espera porque pronto estaría listo el documento. Cuando estaba por sentarme, vi que había otra persona ahí. Una persona. Una sola. Una entre unos doce millones posibles en Buenos Aires y alrededores. Una que justo había ido a tramitar el mismo documento que yo a (casi) la misma hora que yo. Y, casimposiblemente, una persona a la que yo conocía. Sí, la conocía. Yo conocía a esa persona. Y no solo eso. Era una persona con la que me había pasado años discutiendo en foros de debate y listas de distribución de Interné sobre temas de lengua, sobre traducción, sobre música (ejque le gusta la ópera italiana, y a mí la verdá que, hechas las salvedades correspondientes, tanto bombo y platillo…). Discutiendo, digo. Años. Y mucho. Y a veces, mal, feo. O sea, una persona que no tenía ninguna obligación de nada hacia mí (ni yo hacia ella), más allá de cierta esperable cortesía caballeresca. Además, una persona de la que yo hacía mucho que no sabía nada, dado mi feliz semiostracismo  de ciertos circos que solía frecuentar, y que cada vez menos.


Vuelvo al presente, es decir, al pasado, es decir, a ese día de principios de diciembre. Lo saludo. Me saluda. La pregunta inmediata y obligada en ese lugar es, claro, la que nos hacemos: ¿dónde vas? A Monterrey, me dice, a pasar la Navidá. Pues yo la voy a pasar en los Vosgos, o quizá en Praga, o por ahí, le digo. Me apunta con el dedo y me dice con tono apremiante, casi conminatorio, tenés casa en Viena, y no es retórico. (Paréntesis aclaratorio imprescindible: vivió años en Viena y conserva un bulín frente al Danubio). Le digo que el viaje está bastante armado y que es dudoso que Viena quede en el camino, pero que gracias, gracias denserio. Lo llaman para empezar su trámite, me llaman para terminar el mío, nos saludamos, nos deseamos buen año y me repite que tengo casa en Viena, y que no es camelo (usa el mismo dedo conminatorio, o quizá era la pipa). (Me quedo pensando en cuánto se usará ahora entre las generaciones más jóvenes la palabra camelo de la forma en que la usábamos y usamos los que ya hemos pasado el lustro de décadas, o la decena de lustros). Me voy del Automóvil Clu, feliz con mi documento nuevo en la mano.



Llego a casa, aún pensando en la oferta del quía. Recuerdo todo lo que discutimos, y cuánto, durante años, y vuelvo a tomar conciencia de que no tenía ninguna necesidá, ningún motivo, pa ofrecerme nada, pero lo hizo. Le escribo para decirle lo que ya le había dicho: que no voy a Viena, pero que mi agradecimiento por su generosidá no es menor por eso. Me responde que está bien, pero que si cambio de plan, ahí está su casa a disposición, y agrega la dirección.



Los viajes, decía, comienzan antes de comenzar, y ciertos instantes, ciertos eventos, son, más que augurios, actos profunda y agradablemente significativos. Este viaje empezaba con alguien tendiendo una mano amiga hacia mí, porque sí. No podía empezar mejor.

…


Dos días después, los planes cambiaron. (Es curioso: uno suele sentirse perturbado, molesto o incluso irritado cuando las cosas no salen como las había planeado, aunque todos sabemos que a veces los vuelcos inesperados resultan favorables, faustos). Volví a escribirle, pero esta vez para decirle que, si la oferta seguía en pie, finalmente sí, iría a Viena. Como respuesta, recibí los datos y detalles de la vivienda más una notable cantidad de sugerencias para aprovechar la ciudá. Por ejemplo, literalmente: “Si estás un domingo por la mañana, a seis cuadras de casa está la Jesuitenkirche: misa de Mozart, Haydn, Schubert o algún otro coso a las 10:30, vale la pena!!!!”.
…

Estuve en Viena. Estuve en su casa, en Viena. Estuve un domingo por la mañana a seis cuadras de su casa, en Viena, en la Jesuitenkirche, en una de esas misas. Y estuve también en esa misma iglesia la noche de Navidad escuchando la Misa de Coronación de Mozart. Y dos días antes o después de eso estuve en Fidelio en la Staatsoper de Viena, en una gozosísima experiencia que ya contaré.



…


Quiero decir, en un viaje en el que Viena no estaba siquiera en el mapa, Viena terminó siendo para para mí una profunda vivencia de placer, de plenitú, de alegría, gracias a que Sergio Viaggio se cruzó un día de diciembre, de casualidá nomás, conmigo, en el Automóvil Clu de Güenosaire.