1.
Siempre me gustaron las palabras. Siempre. Una que me gusta
de toda la vida es maravedí, quizá porque es larga y aguda y termina en vocal,
que son tres cosas que cuando están juntas suenan a otro idioma, me parece, sobre
todo en los sustantivos, como maracuyá o ajonjolí o tiramisú o chimpancé, tan
onomatopéyica ella, tan onomatopéyica éllica, tan de tambores africanos, tan-chim-pan-cé.
Con los verbos no me pasa lo mismo, aunque me encantan, como atravesaré o
decuplicaré o salpimentaré. Pero la que me gusta de siempre es maravedí. Hace
una eternidad, cuando escribía poesía, escribí una que en algún momento decía
“y abrió los brazos para decir maravedí”. No me acuerdo del resto, pero esa
imagen (que era mía de mí) me ha quedado grabada hasta ahora, muchos lustros
después, con esas palabras. Lustro también es una palabra que me gusta, aunque
solo cuando se refiere a los años, no cuando es verbo, que solo sirve para
cacademias y zapatos.
2.

3.
Y me gusta pensar en los sonidos y sus supuestos sentidos.
Sur suena siempre a algo profundo. Esdrújulo también. Hace un montonazo de años,
A. decía que no le parecía bien que se dijera “buen humor”, porque sonaba grave
y serio, y que lo coherente sería hablar de “buen talante”, que suena a
campanadas.
4.
Siempre me gustaron las palabras. El problema de los que
gustamos de las palabras y malabareamos como palabristas, y el problema de los
que trabajamos con las palabras y nos esforzamos como palabradores, es la
posibilidad de quedar atrapados entre un sueño y otro, el riesgo de perder de
vista el hecho de que las palabras tienen carne debajo de la piel, y de
quedarnos solo con la piel, como entre un sueño y la realidad sin saber cuál es
cuál.
Pero el problema, en todo caso, no es de las palabras, sino
de nosotros, que a veces no somos más que palabra, porque desde el principio
fue el verbo.
5.

P. D. Este texto es apenas, inevitablemente, un primer
borrador. Si estuviera escrito en una hoja de papel de verdá, me encantaría verlo
extenderse en y con las palabras de otros en los márgenes. Como si este texto solo
fuera (y fuera, solo) una primera pintada en una paré, y se le fueran sumando
palabras, palabras, palabras, palabras, palabras, palabras, palabras. Digo, es
un decir.
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