En Buenos Aires tenemos costumbres raras con, entre otras
cosas, los nombres de las calles. Muchas llevan, entiendo que a manera de inentendible
homenaje, el nombre de algún virrey que esquilmó y colonizó estas tierras durante
siglos en nombre del imperio, otras llevan el nombre de un general que se
dedicó prolija y organizadamente a masacrar pueblos que llevaban centenares de
años por aquí en nombre de la patria, y otras, mucho más interesantes, eso sí, llevan
nombres que no suelen mantener coherencia alguna, no solo porque al cruzar una
avenida pueden cambiar de denominación, o quizá no, sino también porque aun
allí donde no cambian de nombre, de todos modos cambian de nombre. Algunos
dicen que no es que los nombres cambien, sino que solo es una cuestión de
carteles, pero, si es así, ¿cómo lo saben?
Por ejemplo, en pleno barrio de Almagro, si uno va por una
vereda (acá nadie camina por la acera, porque acá no hay aceras, o no hay la
palabra acera, así que uno camina por la vereda, que no es la calzada, que eso
es la calle) de la
avenida Corrientes, se cruzará en algún momento (si va pa’l
lado adecuado, claro) con Jerónimo Salguero, que eso es lo que dice el cartel
que la identifica, pero ocurre que si uno va por la vereda denfrente (ídem) se
cruzará, en cambio, con Salguero Jerónimo, que eso es lo que dice el cartel que
identifica… ¡a la misma calle! Es decir que, yendo por acá, Jerónimo Salguero,
pero yendo por allá, Salguero Jerónimo. Se me dirá que eso es una intrascendencia,
una pavada que no tiene ninguna importancia, y es verdá, pero eso pasa con casi
todas las cosas de las que hablo habitualmente, y con las demás también, así
que sigo.
A pocas cuadras de allí hay un cartel que anuncia que uno
está, o acaba de llegar a, la
calle Bravo, que a pocos metros de ahí pasa a llamarse Mario Bravo. Se me dirá, lo sé, que eso
tampoco tiene, etc., pero. Sigo.
En la
avenida Rivadavia nace, en el mismo rioba, la calle Juares, que
apenas cien metros después se llama Jaures. Esto no lo vi yo originalmente,
sino que debo la iluminación al amigo Eliezer, que fue y es capaz de verlo
desde miles de kilómetros de distancia, lo cual muestra otra inesperada
curiosidad de las calles de Buenos Aires, y que el interés en intrascendencias
de todo tipo y laya es algo que no tiene fronteras.
Y to esto sin siquiera salir de un barrio, cosa que, de tos
mos, sabemos que no hace falta, porque el universo es un barrio, o el barrio es
un universo, que es casi lo mismo. Y viceversa.
Pero no solo tenemos cuestiones con los nombres de las
calles, sino también con los de las esquinas. Porque a veces las esquinas
parecen tener ramificaciones que no tienen, y el desprevenido se pierde o se
confunde.
Si, porjemplo, a uno le dicen que lo esperan en la esquina
de Virrey Olaguer y Feliú y Zapiola, en el barrio de Colegiales, ¿qué puede
pensar uno? Que es la intersección de tres calles, ¿no? Una es Virrey Olaguer,
otra es Feliú y la tercera es Zapiola, ¿no? Pues no. Son dos. El problema es
que, si uno no lo sabe, cuando llega y ve que el cartel dice Virrey Olaguer y
Feliú piensa que ahí no es, que esa es otra esquina, que tiene que llegar a
donde esas dos, Virrey Olaguer y Feliú, se cruzan también con Zapiola, pero,
claro, cuando uno camina una cuadra más y llega a la esquina siguiente, ve que
sigue estando en la esquina de Virrey Olaguer y Feliú, y ahí se complica la
cuestión, porque en realidad uno empieza a sentir que ya no existe el espacio,
que ya no existe la distancia, y que por más que uno camine siempre va a terminar
llegando al mismo lugar, a la misma esquina, a la de Virrey Olaguer
y Feliú, y eso no solo provoca angustia existencial, sino que además deja una
sensación bastante miserable, porque, después de todo, si uno va a estar
llegando siempre al mismo lugar, debe haber muchos lugares mejores p’andar
llegando que la esquina de Virrey Olaguer y Feliú, ¿no?
El problema no sería tal si uno estuviera, por ejemplo, en
Barcelona, o en otras partes de España, donde las esquinas no están formadas
por la intersección de una calle “y” otra, sino “con” otra. Por esos pagos a
uno le dirían que lo esperan en la esquina de Virrey y Olaguer y Feliú con Zapiola, pero, claro, encontrar esa
esquina en Barcelona debe (de) ser aun más difícil que encontrarla en Buenos
Aires, y eso provoca también angustia existencial y sensación miserable, porque
lo que uno comprueba es que, camine por donde caminare, nunca llegará o llegare
a donde uno quiere o quisiere, que es Virrey y Olaguer y Feliú, ahí donde hace
esquina con Zapiola. Así que en Barcelona el problema no es tal, pero es peor.
Diferente sería si uno viviera en una ciudad como La Plata, donde
las calles llevan número en vez de nombre, o en las que el nombre es un número,
si se prefiere, pero, una vez más, si uno vive en el número 40 de la calle 4,
uno vive en 4 40, ¿no? ¿Y quién quiere vivir en una casa que se usa para afinar
el la?
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